Patricio Pron: “La parte más interesante de mi vida son los libros que he escrito”

Se fue de Rosario con cuatro obras publicadas y en Europa logró construir una exitosa carrera literaria como narrador. Camaleónico y dúctil, huye de las repeticiones y asegura que lo que más teme es hacer un monumento de sí mismo. En un café cercano al Paraná, el reciente ganador del prestigioso premio Alfaguara se confesó ante Barullo.

Patricio Pron nació el nueve de diciembre de 1975 en *osario. Prefiere llamar así en sus libros al sitio natal porque aquí están o estarán los huesos de quienes lo precedieron, mezclados en una fosa común que es también la de una ciudad y de algunos proyectos truncos y otros felices. Un día dejó el barrio de Tablada y se instaló en Alemania. Su recorrido siguió en España, donde está actualmente. Este año ganó el Premio Alfaguara de Novela 2019, que incluyó un estímulo monetario de importancia. Pocos meses después, volvió a *osario a celebrar el premio con familiares y amigos, y cumplir con una agenda de prensa inagotable que lo obligó a dar decenas de entrevistas no sólo en la aldea sino también en otras ciudades argentinas y del sur del continente latinoamericano. Entre interminables viajes y presentaciones, Pron recuerda haber repetido como un latiguillo una respuesta a los periodistas que lo sobresaltaba: “Yo no he ganado el premio Alfaguara, lo ha ganado un libro que yo he escrito. Espero que el libro que ganó el premio sea mejor que yo mismo. Bueno, peor que yo mismo, no puede ser”.

Cuando el diario Rosario/12 cumplió 25 años, te pedí una nota a propósito de esa celebración. La devolución fue un texto donde recordabas la redacción del diario, a través de la mirada de un pibe de 16 años que llevaba sus primeros relatos con intención de ser publicados, el hijo de un apellido célebre del periodismo rosarino, el chico con voluntad de seguir escribiendo y no renunciar al derecho a ser otro. Releeo esa contratapa y con el paso de los años puedo resignificarla como un texto introductorio para los que recién comienzan a escribir –le cuento, café de por medio, una mañana en un bar con nombre francés, cerca del río Paraná.

-Nunca he dado consejos y tampoco los he recibido francamente y no he tenido pretensión de poder considerar que mi carrera literaria tenga algún tipo de ejemplaridad. Esa fue mi entrada a un mundo, que además no fue particularmente afín a lo que yo hacía, pero también por esa razón me permitió aprender, a mejorar como escritor, desarrollar algunas habilidades. Yo no sé cómo los jóvenes se interesan hoy por el periodismo, no sé cómo llegan a las redacciones. Quizás llegan de otras formas, pero la forma que yo encontré fue esa. La última vez que estuve por aquí, un joven tesista de letras que estaba escribiendo sobre la historia de las revistas literarias en Rosario me preguntó acerca de este recorrido. Él tenía una visión completamente distorsionada de los años 90, tenía la visión de que en Rosario siempre habían estado pasando cosas. Pero si te acuerdas bien de aquel momento, 91, 92, era mucho más difícil, era mucho más precario, no había circuitos, no había revistas. En retrospectiva todo parece adquirir un sentido que no lo tenía, todo consistía mucho más en esfuerzos y la generosidad de gente como tú, y en cierto talento para aprovechar las pequeñas oportunidades que se me ofrecieron, pero en sustancia era un mundo dificultoso.

-¿Qué representó el hecho de publicar por primera vez en un diario?

-Yo creo que para cada persona la publicación es una experiencia distinta. Hay desde luego gente que consideraba a las contratapas de Rosario/ 12 como un lugar de enorme privilegio, que era lo más parecido que podían estar a una vida literaria plena, otras personas consideraban que era una herramienta para acceder a otros sitios y otras se veían cohibidas ante la responsabilidad que significa ser un escritor público y se retiraban de la actividad, repensaban sus mecanismos y sus estrategias para ser escritores. (Ricardo) Piglia dice una cosa muy bonita en sus Diarios acerca de la profunda emoción que sintió la primera vez que vio su nombre en la portada de un libro. Se dio cuenta tras el entusiasmo inicial que ahora venía la tarea más difícil, que consistía en que el próximo libro no fuese un libro más, que a partir de ese momento tienes la obligación de dar una vuelta de tuerca a lo que has hecho o que muestre una arista de la forma que ves el mundo que no hayas mostrado en los libros anteriores. Yo me siento mucho más afín a esa forma de ver la literatura. Por supuesto para mí en su momento publicar allí lo era todo y lo fue durante largo tiempo. Comenzar a publicar en un lugar como las contratapas de Rosario/12 significaba poder hacerlo lo suficientemente bien para que se abrieran otras puertas. Para mí la cuestión desde el primer momento era la responsabilidad que yo tenía para con los textos en primer lugar y después para con los lectores a los que no debía hacer perder el tiempo. Creo que esta es una de las constantes en mi trabajo. Obviamente la decisión de presentarme al premio Alfaguara estaba supeditada a la misma lógica: encontrar una caja de resonancia lo más grande posible para mis libros. Y había otra cuestión clave, muy importante para mí: la convicción de que yo iba a escribir libros, a pesar de que nunca nadie los publicase, y los iba a escribir y que por consiguiente era mejor que los publicasen a que permanecieran sin ser publicados, para lo cual era necesario formarme como escritor de la única forma que yo conozco que uno tiene para formarse, leyendo y escribiendo, mediante un sistema de ensayo y error, algo complejo y muy poco sistemático. Después lo que tenía que hacer era obviamente tratar de acceder a la profesionalización como escritor, que era la garantía para que yo pudiese seguir haciendo esto en el futuro.

-Comenzás a colaborar en otros diarios, publicás cuatro libros (Formas de morir, Hombres infames, Nadadores muertos y La puta mierda), pero un día decidís irte. Elegís Alemania e ingresás a la Universidad Georg-August de Göttingen para estudiar filología románica, un viaje al pasado para estudiar diversas lenguas medievales.

-Por entonces acababa de terminar la carrera en la Universidad. Podía permanecer en Rosario y llevar a cabo una carrera de periodista y de escritor con las herramientas que había adquirido, trabajando sobre la base que había construido con esos libros, pero quedaban muchísimas cosas por aprender. Tenía la impresión de que eso no lo iba a aprender en Rosario.

-¿Es ahí cuando aparece la figura limitante de la aldea?

-En realidad nunca me sentí particularmente asfixiado por la ciudad por considerar que el techo profesional es bajo. El techo profesional es tan alto como el que uno quiera ponerse a sí mismo. En cuanto a la sensación de aldea no lo sé, me fui a vivir a una ciudad como Göttingen donde la población es de 60 mil habitantes.

-¿Sabías alemán?

-Tenía una base muy modesta que mejoré allí en el primer año. Pero la motivación principal, además del deseo de continuar aprendiendo, es que yo no estaba muy contento con los libros que había escrito, eran libros que daban cuenta de mis intereses de lo que yo podía hacer en ese momento.

-En este caso el problema no era la ciudad.

-Nunca el problema es la ciudad, el problema es la relación de uno con ella. Al igual que los músicos de blues que presumen que sus escasas habilidades los llevan a encontrarse un día en un cruce de caminos con alguien que les enseña todo lo que les faltaba por aprender,  tenía que marcharme para llegar al crossroads que me iba a llevar a convertirme en un escritor distinto al que yo era, alguien muy parecido al escritor que yo deseaba ser.

-Volvamos al alemán.

-Con el tiempo fui aprendiendo a escribir en alemán y a veces lo utilizo como una herramienta para desautomatizar lo que estoy escribiendo, o me siento muy atrapado en la forma que escribo de mi manera habitual, lo mismo en inglés. Yo pensaba: “Bueno ahí voy a aprender y si las cosas no salen bien para mí como escritor, naturalmente puedo dedicarme a una vida académica, trabajar en la Universidad”. Cuando terminé el doctorado, me hubiese quedado en Alemania a no ser porque mi mujer española de aquel entonces, que había hecho el doctorado conmigo, no quería vivir más en Alemania, de manera que decidió irse a España y yo la acompañé. Y fue en España donde comenzó lo que yo llamaría mi segunda vida de escritor o mi tercera vida producto del azar. Cuando tenía estos inconvenientes para definir una carrera literaria también pensaba en Søren Kierkegaard, un filósofo danés del siglo XIX: “La vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante”.

 -Lo que puede parecer a cierta distancia como una especie de carrera organizada con pasos más o menos lógicos: los comienzos en *osario, la especialización en Alemania, la marcha a España, que es en algún sentido la industria donde están asentadas las editoriales más potentes en español.

-Todo esto puede parecer un plan maestro, pero en realidad es la suma de un montón de incidentes, de coincidencias, de decisiones que no fueron mías, como la de mi mujer de aquel momento, pero fue así que conocí poco después a la que es actualmente mi esposa y es esa la razón por la cual sigo viviendo en España. Siempre pienso en el hecho de que estas decisiones, que yo no tomé, son las mejores porque no están condicionadas por mis prejuicios o por mis inseguridades o mi torpeza a la hora de tomar decisiones. Tan pronto como llegué a Madrid en 2008, mi agente de aquel momento me dejó por teléfono, como dejan las novias, y fue un poco más allá diciéndome que no veía ningún interés por mi obra en España. Fue un momento tan duro, un momento en el cual yo estuve tratando de averiguar si había algún premio literario en español que no estuviese dado de antemano, que tuviese una reputación de ser relativamente limpio. Y me recomendaron dos premios: uno fue finalista y el otro obtuvo el primer premio Jaén y ahí comenzó mi relación con Penguin Random House, que en ese momento era Literatura Mondadori, y también la profesionalización para mí como escritor, que de otra forma no se hubiese producido.

-Tu libro El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (Mondadori, 2011), tiene una entrada que quiero saber si es literal. Dice: “El consumo de ciertas drogas hizo que perdiera casi por completo el habla”.

-Yo mezclé durante muchos años pastillas con alcohol y me produjo muchos inconvenientes. “La jarra loca” es muy tremenda y me debilitó mucho la capacidad de recordar cosas. De hecho hay un fenómeno que producen las pastillas que se llama amnesia anterógrada que se extiende al período previo a la ingesta de pastillas. Por esa razón tengo algunos problemas para acordarme de gente con la que fui a la Universidad en Rosario. De los años en Alemania tengo un recuerdo importante, pero al que no le otorgo mucha credibilidad porque puede ser producto también de esa especie de ensoñación farmacológica en la que yo vivía.  

-¿Por qué ese estado?

-Sencillamente porque no podía vivir con los recuerdos que tenía, no podía… Yo creo que la marcha de Argentina, la distancia, la separación de la que constituía la totalidad de mi vida, porque lógicamente aquí estaban mis amigos, mis padres y todo lo demás, se parecía mucho a la experiencia de desposesión total que, al menos como amenaza, estaba presente en la vida de mi familia debido a la actividad política de mis padres. Ellos fueron muy afortunados, sobrevivieron,   pero hubo mucha gente que lo ha pasado mucho peor y desde luego no pienso ponerme ninguna medalla al respecto. El caso es que efectivamente ahí se concretó en algún sentido la amenaza latente de la desaparición… Una de las cosas más bonitas que dice mi psiquiatra es que “no importa que las causas sean imaginarias si es que los efectos son reales”. Incluso aunque mi marcha no hubiese tenido una motivación política y la desaparición mía de Rosario no era política ni económica, su instancia era un proceso de desaparición y de reconstrucción que también suponía trazar balances muy difíciles para mí. Y las pastillas en alcohol ayudaron en aquel tiempo y no me arrepiento de haberlas consumido. Tendría que haber sido más cuidadoso.

Como decías, estabas escribiendo el libro de tus padres.

-Para mí la parte más interesante de mi vida son los libros que he escrito, entonces esos libros en algún sentido excluyen los aspectos personales.

-Te recuerdo que es un libro sobre la memoria.

-Sí, precisamente porque el tema era acerca de acontecimientos que habían tenido lugar en la vida de mi familia, y como mi propia memoria era fragmentaria y parcial, quería contarme a mí mismo cómo había sido la historia. El libro no era fragmentario y contradictorio por capricho literario sino meramente porque no podía contarlo mejor. También tenía la expectativa de que si yo contaba la historia mal otras personas podrían corregir mi versión. Eso fue lo que pasó, afortunadamente, con la carta que mi padre Chacho escribió, que es prácticamente una lectura comentada del libro, pero también con otras cartas que recibí de lectores vinculados con el Frente Estudiantil Nacional y Guardia de Hierro donde militaron mis padres o sencillamente con gente que había tenido una relación, un poco incidental, con alguno de los protagonistas de la historia. Mi libro era un intento personal de cerrar una historia. Pero la evidencia, lo que se ponía de manifiesto durante la escritura del libro o cuando hablaba de él en diferentes países en que fue traducido, es que no se cerraba nunca y no está mal que no se cierre nunca.

A tus 35 años llegan otros premios, el Juan Rulfo de Relato, las traducciones a más de media docena de idiomas, la revista inglesa Granta te elige como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español…

-Hay hitos públicos que no son necesariamente los hitos privados, desde luego fue una cosa muy importante para mucha gente porque la revista es muy importante, crea canon pero para mí lo relevante tuvo lugar cuando tras la publicación de mi primer libro en España mi editora me pidió prácticamente de inmediato un segundo libro, que le encantó, me dijo que teníamos que tener una relación de editor y de autor, y eso fue para mí mucho más relevante que el hito de Granta, cuya lista por otra parte no es mi propia lista. Esos criterios de selección dependen mucho de las circunstancias.

Toda selección es injusta.

-Sí, por supuesto, además está mediada por aspectos que escapan del todo a la voluntad de quienes participan de esas listas. Me parece que lo que se produjo fue una especie de escisión. Uno como autor pretende tener un control de lo que hace, firma los libros que escribe, se atribuye la autoridad sobre ellos. Pero lo que descubre si las cosas le van bien y publica libros es que llegado cierto punto pierde por completo el control. Con lo de Granta yo me di cuenta de que parte de hacer este trabajo consistía en perder el control, dejar de ser, de tenerlo todo más o menos atado para someterse al capricho de otros, a la capacidad de selección de otros. Y fue enriquecedor, fue aleccionador, fue una experiencia ligeramente traumática también en el sentido de que a nadie le gusta que hagan con lo que considera más valioso, que es su nombre, otras cosas, pero también fue muy útil como experiencia fundadora de una forma de recibir las relaciones entre lo que yo escribo y lo que se dice que yo escribo o entre lo que yo soy y lo que se dice que yo soy.

-En la revista digital Otra Parte, que dirige el escritor Marcelo Cohen, señalaron que sos un “hervidero de habilidades” que corta, copia, mezcla, imagina, ensaya, tantea, apela a digresiones, paréntesis sucesivos que introducen aclaraciones de aclaraciones… ¿Hay un estilo Pron?

-Parece que sí, pero no soy yo el más autorizado a decirlo. Desde el primer momento creo haber comprendido que la escritura de los libros resulta una actividad tan monótona, en algún sentido, como estar en mi casa tratando de que los gatos no se maten, que las cosas más o menos funcionen. Mientras tanto sigo con una actividad que vengo haciendo desde hace más de veinticinco años. La forma de que este ejercicio siga siendo interesante y motivador consiste en escribir prácticamente en contra de lo que yo he escrito y ese, sí lo quieres pensar así, es el hilo rojo que atraviesa todos mis últimos libros. El comienzo de la primavera es celebrado como una novela filosófica en la que se plantean los grandes temas del siglo veinte, El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinanes un libro que pretende poner en ridículo a su autor y a sus personajes. A continuación se publica El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia y se espera de mí que yo continúe el relato autobiográfico y lo que hago es escribir un libro de relatos que transcurre en un sitio en el que nunca he estado, con situaciones de las que tan sólo sé por la mediación de otra persona.

-Según las malas lenguas, tu libro de cuentos Lo que está y no se usa nos fulminará es tu mejor trabajo.

-Alguna gente dice eso, no son malas lenguas, todos pueden escoger el libro que quieran. Se dice que tengo muy buenos narradores, muy potentes, muy reconocibles y lo siguiente que se dice es que  no tengo narrador, o sea, siempre estoy como operando contra mí mismo. Si hay algo parecido a un estilo Pron es el resultado de lo que queda después de toda la criba que yo llevo a cabo, un ejercicio de retracción, reducción y eliminación de todo aquello que puede llegar a convertirme en lo que más temo: un monumento de mí mismo. Todo escritor corre en algún momento el peligro de que resulte para él muy claro lo que tiene que escribir y para sus lectores muy claro qué es lo que van a leer en sus libros. Eso me parece la desactivación total del escritor.

-En tu escritura están las influencias de Piglia, Juan José Saer y César Aira. Son tres autores argentinos que están bien arriba para ti, ¿no?

-Sí, sí. Parte del trabajo de mi generación es conformar una síntesis con esas estéticas tan opuestas. La misma forma en que Piglia resolvía el problema de qué hacer con las estéticas contradictorias de Borges y de Arlt, o cómo reconciliar los aspectos contradictorios de las obras de Aira, Piglia y Saer. Piglia y Saer son más afines; Aira sería el que rompe el esquema, creo que hay entre Aira y Piglia muchas características comunes. Pero el caso es que tienen muchas más semejanzas de lo que creían. Son tres autores que de una forma o de otra han estado tratando denegar algunos aspectos de lo que han hecho. Aira, por ejemplo, que tiene un dispositivo, también en algún momento ha renegado de él. Cuando creemos que ya sabemos qué es lo que escribe Piglia, en los Diarios hace una voltereta genial. Saer con La mayor y, sobre todo, con los ensayos se replantea todo y nos obliga a replantearnos todo lo que creemos que Saer es. Eso es muy valioso, es una forma de estar vivo intelectual y emocionalmente, que es lo que uno espera de un escritor y de uno mismo.

-Me gustó mucho una definición que le diste a Sebastián Riestra para el suplemento Cultura y Libros de La Capital: “Un escritor es su lengua”. Dijiste además que te considerás parte de la lista de autores que escriben literatura argentina por fuera de las fronteras nacionales.

Lo de la lengua es un tema interesante porque todo escritor argentino se lo plantea en algún momento. Yo escribo literatura argentina aunque no vivo en el país. Eso es bastante evidente. Así como Saer lo resolvió creando una comunidad lingüística y bastante imaginaria, su literatura está basada en un ejercicio de memoria y como toda memoria puede estar sumergida a las distorsiones del tiempo. Otros escritores hacemos otras cosas, como acoger todas las influencias que nos merodean y hacer con eso algo.

-¿Cuál es tu opinión de la no ficción?

-En cuanto a la crónica, que a esta altura sería como sinónimo de la no ficción, al menos en Argentina, hay buenos cronistas. Me preocupa ligeramente lo que David Shields llamó “el hambre de realidad”, que opera no solo en la literatura sino en todos los productos culturales. La necesidad y exigencia de que lo que escribas esté basado en hechos reales supone una idea del mundo como sitio que puede ser transformado mediante la voluntad política. Hay algo derrotista en esta demanda de historias que cuenten la realidad y no se propongan cambiarla. Hay una fetichización de las formas en todos los géneros que a mí me preocupa. Por otro lado, hay pocos españoles que estén escribiendo crónicas al hilo del auge de la crónica latinoamericana.

Haber obtenido el prestigioso premio Alfaguara por tu novela Mañana tendremos otro nombres fue una noticia impactante en *osario. Los medios locales saludaron al hijo pródigo de la ciudad… 

-(Se ríe) Quien yo era por entonces consideraría que se ha hecho justicia. Yo ya no tengo 16 años, lo que a mí me honra y me alegra mucho es que unas alegrías privadas y personales como estas sean también las alegrías de mis amigos, de la gente que me ha formado. Y también es un sitio que nunca he abandonado del todo, hay aspectos que tienen que ver con la forma en que yo veo el mundo que están relacionados con este lugar, hubiese sido doloroso que Rosario no se atribuyese parte del mérito.

-Podría parafrasear a Fito Páez y preguntarte: ¿*osario sigue estando cerca para vos?

-Sí. Creo que todas las personas que crecimos en un lugar que ha sido relevante para nosotros tenemos con ese lugar una relación compleja, y porque es compleja es interesante. Aunque estuve cinco años sin venir aquí, nunca me siento un extranjero. Esta constatación de que la ciudad es la misma y es distinta, y yo soy el mismo pero soy distinto es enriquecedora. Si tuviera que trazar un mapa de Rosario sería un mapa completamente atrabiliario con lugares que posiblemente no signifiquen nada para muchas personas excepto para mí mismo, pero es mi mapa. Y por ser mío me acompaña donde yo quiera ir.

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