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Las huellas de Guevara

¿Qué tiene Rosario para ofrecer sobre la vida del Che? El departamento natal está vedado al acceso del público; el proyecto de ciudadano ilustre post mortem estuvo atravesado por polémicas bizarras; ante la falta de un museo guevarista, la ciudad tiene el Centro de Estudios Latinoamericanos Che Guevara en un subsuelo de un remozado galpón portuario; el escultor de la estatua confiesa que “es fea” y sueña “con robarla para hacerla de nuevo”; una página web sobrevive con un preciso inventario de males guevaristas y hubo un Estado municipal que se propuso convertir a Guevara en un atractivo turístico.

El diseño del edificio es una sentencia: no hay frivolidad, no hay excesos. Gris, sobrio, recto. Son cinco pisos, cincuenta y cinco ventanas y apenas seis macetas con sus flores que salpican la arquitectura neoclásica. La propiedad, en el 480 de la calle Entre Ríos, ciudad de Rosario, polo sojero de la Argentina, respira una calma aristocrática. No hay turbulencias. Nada de barro. Nada de sangre. Nada remite a una revolución. Excepto por un capricho del pasado: en esa coraza de cemento aterciopelado –segundo piso, departamento D– nació, el 14 de junio de 1928, Ernesto Guevara. Sin embargo, el Che, cincuenta y dos años de muerto, de mito, de villano, de fuego, aún combate para que lo incorporen en el inventario oficial de la ciudad.

“El Che nació en Rosario. No debió nacer en Rosario. Nació en Rosario por casualidad. Yo venía desde Caraguatay (Misiones), al norte de Buenos Aires, donde estaba trabajando. Tomamos un barco porque ya Celia estaba por tener al chico. Se me ocurrió bajarme ahí porque andaba en negocios de yerba mate. De pronto, sin saber, sin mayor aviso, vino el Che”. Ernesto Guevara Lynch cuenta en su libro de memorias que así nació Ernesto, el primero de sus ocho hijos, el que fue médico, político, escritor, pero que se hizo un lugar en la historia agitando revoluciones en Cuba, en el África o en Bolivia.

Por los vaivenes del azar, por las vacilaciones del destino, Celia de la Serna, madre de Guevara, alumbra en Rosario. Pero no hay museo del Che en esta ciudad. En Alta Gracia o en Neuquén, sí. En Misiones y en Caballito también. En Rosario, no.

Foto de bebé del Che
“Nació en Rosario por casualidad”. Papá dixit.

El departamento donde nació y vivió los primeros meses de su vida tiene vedado el acceso al público. El edificio, con sus viviendas particulares, con sus ritos de consorcio –que la basura del 4º E, que los ruidos del 5º C, que la gotera del 3º F–, rechaza convertirse en un santuario.

Un empresario santafesino radicado en el extranjero se apoderó, en 2002, de un retazo de la historia: adquirió el 2 D e hilvanó la puntada inicial de un tejido comercial más expansivo. En octubre de ese mismo año constituyó “Casa Natal Che Guevara SRL”, una sociedad a la que se incorporó, en junio de 2003, un cuestionado empresario español imputado y luego sobreseído por una millonaria estafa. En el Boletín Oficial de Santa Fe se presentan como proveedores de servicios “para la organización de museos, exposiciones y eventos destinados a la promoción y difusión de actividades artísticas, científicas y culturales”. Nada de eso se concretó. Al menos en la propiedad de 188,27 metros cuadrados que le da nombre al proyecto.

El lugar conserva fotos de Guevara, los pisos de pinotea, la tina de baño original. La obra privada de un coleccionista brumoso. Algunos turistas se fastidian porque todo lo que pueden encontrar en el 480 de la calle Entre Ríos se ofrece sobre la vereda. “Un sencillo cartel y nada más”, repiten con fastidio. La huella del mito les resulta escasa.

Ignacio Piedra, 54 años de edad y 29 como portero en esa propiedad, lo sabe mejor que nadie. Podría editar un compilado con quejas, los grandes éxitos inspirados en aquello que se proyecta ver y que, finalmente, no se encuentra. Para moderar la desilusión de los visitantes preparó una carpeta que exhibe con orgullo: contiene imágenes e información sobre Guevara. Incluso fotografías del interior del departamento en el que vivió. La comparte con los que llegan de Colombia, de Estados Unidos, de Cuba.

“Se sacan fotos, pero quieren algo más. Hay gente que se queda remal, retriste y con esto se van más contentos, más agradecidos”, cuenta. Piedra se ha convertido, con sus bigotes anchos e intimidantes, con su verba campechana, en un guía involuntario, pero voluntarioso. Lo que en el Louvre no se consigue.

Ignacio Piedra, 29 años como portero del edificio de calle Entre Ríos.
Ignacio Piedra, 29 años como portero del edificio de calle Entre Ríos. Foto de Sebastián Vargas.

La señalización junto a la que se retratan los visitantes anuncia que se está frente a la casa natal del Che. Añade fechas y lugares donde nació y falleció, a los 39 años. En 1992, cuando la Legislatura local ordenó colocar una placa para demarcar el lugar, la furia volcánica de un desconocido apagó el proyecto por largo tiempo: estalló una granada y los vecinos mezclaron indignación, recelo y temor para decir que no, que aquí nada.

Quebrar esa resistencia demandó catorce años de paciente negociación entre el Estado, con sus trámites de rutina, y el consorcio. Guevara fue más expeditivo. Convertirse en una figura incandescente le llevó doce años: en 1955 se sumó al grupo que comandaba el abogado marxista Fidel Castro y en 1967 lo asesinaron en La Higuera. Las revoluciones, muchas veces, son enemigas de la burocracia.  

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Rosario, su centro frenético, sus barrios calmos y postergados, conforman el tablero de un juego en el que Guevara avanza y retrocede. En octubre de 2002 se aprobó una iniciativa para declararlo ciudadano ilustre post mortem. La discusión para darle curso a la ordenanza elaborada por el socialista Alberto Cortés fue fatigosa, encrespada. El cruce de un mar en llamas.

La versión taquigráfica de la sesión expone los vaivenes del debate. El reconocimiento a Guevara por embestir a poderosos y favorecer a desposeídos se mezcla con las amonestaciones por recurrir a la lucha armada. Algunos aprueban el proyecto, aunque con reparos. “La inmensa mayoría de nosotros no acompañamos la manera con que él entendía la toma de poder”, admite el concejal radical Raúl Milano, aunque luego aclara que la violencia “no está ajena a los procesos de desarrollos históricos”. El socialista Sergio Liberati pretende saldar las controversias argumentando que “negarse a esta reivindicación es como entrar en la época de las cavernas”.

En distintos discursos se recuerda que la figura de Guevara estuvo durante largo tiempo “casi oculta” en su ciudad natal. Un edil se opuso a distinguirlo con el argumento de su “metodología violenta”, otro se abstuvo de votar y un tercero se retiró en el momento en que debían contarse las voluntades a favor y en contra de la norma.

La ordenanza 21878/02 describe al Che como “el rosarino que mayor trascendencia internacional ha alcanzado”, destaca “la coherencia entre su discurso y su accionar” y aclara que, “más allá de las opiniones diversas que sus métodos de lucha pueden merecer, es un hecho histórico que no dirigió jamás sus armas contra ningún gobierno elegido democráticamente”.

 –El proyecto lo hicimos sin mucha expectativa de que fuera aprobado. Lo hice lo más light posible para esquivar excusas probables. Cuando el Che fue asesinado los que se guían por una serie de medios y de propaganda oficial lo consideraban un asesino. Había un gran desprestigio de su figura. Pasadas varias décadas, son muy pocos los que se atreven a cuestionarlo. Ha ganado un espacio enorme, sobre todo en las juventudes. Criticarlo es como criticar a (José de) San Martín: tiene muy poco eco– dice hoy Cortés.

El exconcejal elaboró la propuesta con calculada prudencia. Evitó ponderar los ideales marxistas o el tenaz antiimperialismo de Guevara. La estrategia, para evitar rechazos, incluyó otra concesión: sugirió convertirlo en ciudadano “distinguido”. Los argumentos del debate elevaron, para sorpresa de Cortés, la categoría. Terminaron por concederle un título mayor, el de “ilustre”.

Las diferencias que genera su figura nunca se saldaron. En octubre de 2019 la concejala Celeste Lepratti propuso recordarlo en el 52º aniversario de su muerte por ser “partícipe de incansables luchas contra injusticias alrededor del mundo, destacando su legado para la lucha de los pueblos oprimidos”. La declaración se aprueba con 16 votos a favor y 7 en contra. Algunos discursos llevan una cadencia chirriante. “Lo considero un personaje nefasto para la ciudad. Un terrorista que nos ha dejado muy mal parados como rosarinos”, lo descalifica sin preámbulos el edil de Cambiemos Gabriel Chumpitaz.

Diecisiete años después de ser distinguido como ciudadano ilustre los dados se deslizan sobre el imaginario juego con suerte dispar. El Che va y viene. Adelanta un par de lugares. Cae un peldaño. A veces pierde dos turnos.

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Como un impulso más de las celebraciones por los ochenta años de su natalicio en 2011 abrió sus puertas el Centro de Estudios Latinoamericanos Che Guevara (CelChe), una iniciativa en la que estuvo involucrado Ramiro Guevara, hijo del segundo matrimonio de Guevara Lynch. El espacio está ubicado en el subsuelo de un remozado galpón portuario. La zona es de las más exclusivas de Rosario, a orillas del río Paraná. Los barcos cargados con cereal provocan un tajo en el paisaje de aguas marrones e islas de arena y de barro. Pero nada de eso se observa desde el CelChe que, de alguna manera, está sumergido. Hasta hace unos meses la banderola que lo anunciaba, en la puerta de ingreso, estaba rasgada y en parte oculta por un pasacalle que anunciaba un conflicto laboral. Ahora ni siquiera eso. Nada señala el sitio.

–Si estuviéramos en un lugar más neurálgico estaría lleno– explican Pamela Gerosa y Juan José Noé, los coordinadores del espacio.

Al ingresar se advierte a un Guevara multiplicado. Las fotos lo exhiben con vestimenta formal y una sonrisa juvenil. A bordo de una moto o rodeado por guerrilleros. Es un bebé rodeado de nieve y a veces de mar. Sorprendido, sonriente, concentrado, desafiante. Son 96 instantáneas. Los paneles intentan resumir, con textos e imágenes, una historia difícil de abarcar.

El lugar no es un museo. No hay piezas originales. No se venden remeras ni souvenirs, aunque algunos turistas lo reclamen. Allí se propone otro desafío: mantener vigentes las ideas del Che. Sus proyectos y sus paradojas. Y tratar las derivaciones actuales. Hay una biblioteca abierta al público y se organizan seminarios y debates para abordar temáticas como feminismo y procesos revolucionarios, literatura y luchas obreras.

–No hablamos concretamente de él, sino que a través de ese tipo de temáticas uno termina hablando de sus ideas– explica Noé.

–Es una figura histórica controversial, muy compleja de recuperar. Hacerlo tiene costos políticos. Nosotros intentamos recuperar la parte más humanística de él y su ideario completo. La idea es generar pensamiento crítico– añade Gerosa.

El espacio parece oculto, pero respira, interpela. Vive. E intenta mantenerlo vivo.

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Guevara mira el horizonte. La camisa arremangada hasta los codos. Boina, cabello largo y arremolinado. Algunos pequeños corretean junto a la estatua. “Te digo algo retriste: un día me tragué una moneda”, le susurra una nena a otra. Cuando se tienen siete, ocho años, el mundo está cargado de revelaciones fantásticas. Las dos se abrazan a las piernas gigantes del Che para no caer. Una placa le rinde homenaje por su “accionar político y su compromiso revolucionario”. Alrededor hay botellas, papeles, tapitas de cerveza, trozos de cemento.

Las autoridades de Alta Gracia, donde Guevara vivió en su infancia y donde explotan esa escala del pasado con turística pericia, ejercieron un lobby discreto y persistente para recibir la estatua. “Fijate que en Rosario ni estuvo”, argumentaban frente al autor. No lograron torcer el rumbo. Andrés Zerneri, el encargado de la obra, no arrojó monedas al aire para inclinarse por un destino. Recorrió calles, observó canchas de fútbol en Rosario y advirtió una poderosa presencia “iconográfica” del Che. Fue, para él, una señal inequívoca del lugar en el que debía instalarse, aunque años más tarde tropezara en oficinas de turismo local con insólitas negativas sobre la existencia de su monumento.

Estatua del Che en Rosario
Guevara mira el horizonte. La camisa arremangada hasta los codos.

Para confeccionar la escultura se recolectaron 75 mil llaves. Unas 15 mil personas –vecinos de Argentina, Alemania o Sudáfrica, presidentes de latinoamérica, el cantante Manu Chao– donaron metal. La figura se eleva cuatro metros. Una masa gris de mil quinientos kilos que demandó tres años de trabajo y se colocó el 14 de junio de 2008 como parte de las celebraciones por los 80 años de su nacimiento. Es el primer monumento de bronce a Guevara en Argentina y está tatuado con múltiples declaraciones de amor urbano.  

Zerneri se define como “más guevarista que escultor”, admite que la estatua “es fea” y confiesa que sueña “con robarla para hacerla de nuevo”. “Antes de morirme voy a hacerlo”, bromea.

El artista buscó cercanía entre su obra y la gente. Exigió entonces que el pedestal fuese pequeño, bajo. Le explicaron que eso atraería a los vándalos y aceptó el riesgo. Dieciséis meses después de colocarla utilizaron una amoladora para intentar cortarle las piernas, las mismas a las que ahora se aferran los chicos para jugar y no caer.

–Me parecía que parte del símbolo es que la distancia entre el piso y la escultura no sea tan elevada. No creo en un Guevara que es un extraterrestre cuyos valores morales son tan elevados que ningún hijo mío podría imitarlo. La idea es que necesitamos más Guevaras. No es ni un semidiós ni un santo, sino una persona de carne y hueso que hizo cosas muy importantes.

La figura del revolucionario ofrece resistencias. De toda clase. Un mural del artista plástico Ricardo Carpani, descubierto en 1988 en una plaza ubicada a 200 metros de la casa natal del Che, fue manchado repetidas veces con pintura y con una inscripción –en rojo, como la sangre– que resume la idea de quienes lo resisten: “Asesino”.

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La oficina es pequeña y una pared está cubierta con libros. Hay predilección por las obras del filósofo austríaco Karl Popper. El departamento –el 2°D, como el de Guevara– está en un edificio modesto, oculto en una galería comercial que se marchita entre talleres de costura y locales que ofrecen películas en videocasetes, préstamos a sola firma y compactos de heavy metal.

En el living dos jóvenes teclean en sus computadoras portátiles y hay un silencio de hospital. En ese lugar funciona la sede de Bases, una fundación rosarina de orientación liberal que tiene como referente a Juan Bautista Alberdi, autor intelectual de la Constitución argentina de 1853. La organización inició sus actividades en 2004. Dicta charlas, organiza congresos de economía austríaca y todos los años celebra la caída del muro de Berlín. Sus integrantes la definen como una institución “apartidaria”, que evita involucrarse en disputas electorales.

En 2017 Bases instaló su nombre en la prensa mundial: The Economist, Cadena Caracol, El País de España o The Wall Street Journal se hicieron eco de una cruzada anti-Guevara lanzada a cincuenta años de su muerte. La entidad solicitó que se retiraran todos los homenajes oficiales que el municipio de Rosario dispuso hacia la figura del Che: la estatua de Zerneri, el mural de Carpani y la cartelería ubicada en la puerta de la casa natal, además de sugerir el cierre del Celche y que se anulara la distinción de ciudadano ilustre. La petición, en su página web, alcanzó antes de cerrarse las 22.199 adhesiones.

Franco López coordina las actividades de Bases. Tuvo a su cargo la confección del “Observatorio Urbano”, una monumental obra de diez mil páginas con información de Rosario, y es metódico para hablar.

–Guevara defendía la violencia armada, la violencia política. Y no en el siglo XVIII. Este tipo hacía esto después de Gandhi. Pasada la mitad del siglo XX había otro escenario para hacer actividades políticas donde la violencia de los 60, los 70, eran rezagos equivocados del pasado histórico del siglo XX. Hay una defensa ideológica de la violencia como una forma de hacer política. Ocultar eso y defender sólo una imagen medio idealizada del tipo es un horror. El problema es que el Estado tome esa postura, la financie y la imponga.

Bases ofrece en su página web un preciso inventario de males guevaristas que incluye “10.723 asesinados por el régimen comunista, 78 mil muertos intentando escapar de la isla (Cuba), 14 mil fallecidos en las intervenciones militares en el extranjero y otros 5.300 que murieron en la rebelión de Escambray, además de 1,5 millón de exiliados”. Los datos impactan, aunque carecen de una fuente oficial.

López cuestiona hasta la “rosarinidad” de Guevara. Dice que considerarlo parte de la historia local es una idea “tirada de los pelos”. Plantea que ni siquiera hay elementos para explotar su figura con fines turísticos. “De verdad no hay mucho para hacer. Después, si querés armar un Disney, lo podés hacer”, ironiza.

Sobre este punto, como en tantos otros que conforman el ardiente Universo Che, muchos piensan exactamente lo opuesto. Convertir a Guevara y su figura mitológica en un atractivo turístico es un trabajo que el municipio de Rosario se propuso abordar en los últimos años. Ninguno, quizás ni siquiera el astro futbolístico Lionel Messi, también nacido en esta ciudad, tiene el impacto internacional del Che. Rock star con gesto reconcentrado en miles de remeras, imagen explotada para vender cervezas o automóviles en todo el planeta, ahí andan también Guevara y su pasado local como módico anzuelo para quienes visitan Rosario.

Alicia Maistruaerna es enérgica, simpática. Sus manos hablan un lenguaje propio. Los ojos claros, los rizos del color del fuego. La mujer es titular de la agencia de viajes Pampa’s Incoming, la única en Rosario que ofrece un recorrido pago sobre el Che. La propuesta demanda cuatro horas y busca abordar su historia y la de una ciudad que, hace noventa años, cuando nació el hombre de las revoluciones, era muy diferente.

Entre 2010 y 2015 recibía grupos de entre veinte y veinticinco personas por semana para hacer esa excursión. Todos extranjeros. “Argentinos que quieran ver al Che no hay”, aclara. El boom de aquellos años, explica, tenía motivos múltiples: la decisión de la Secretaría de Turismo nacional para explotar “La ruta del Che”, un país con su moneda más estable y el interés internacional por la política regional. La irrupción de gobiernos progresistas en Chile, Uruguay, Brasil, Venezuela, Bolivia, Paraguay y Argentina llamaba la atención de turistas que llegaban a esta zona del mundo.    

Ahora puede suceder que en un semestre viajen uno o dos extranjeros a ver qué tiene Rosario para ofrecer sobre la vida de Guevara. En los últimos meses llegaron apenas dos antropólogos ingleses que estaban en Perú y una polaca que, siguiendo los pasos del Che, había visitado hasta el Congo.

El mundo sabe quién es. Acá no lo saben los pibes. No sé si eso está bien o está mal. Pero él es más conocido que Messi. Por lejos. Vos vas por el mundo y ves a un yanqui con la camiseta del Che, a un chino con la camiseta del Che y a un inglés con la camiseta del Che. Los argentinos no lo vemos como importante y a nivel mundial es muy importante –dice la empresaria y se adivina en esa reflexión una queja.

Uno de los responsables de encarar la tarea de convertirlo en “recurso turístico” es el periodista, músico, fotógrafo y ex titular del Ente Turístico Rosario (Etur) Héctor De Benedictis. “Para la ciudad turística pensamos en personalidades nacidas acá y el Che era la número uno. Pero tampoco queríamos que lo que se iba a hacer se viera contrapuesto con su ideología”, explica sobre la idea original en la que se asentó el proyecto.

Una investigación histórica permitió sumar al recorrido gratuito que se ofrece –además del departamento natal, el Celche, el mural y la estatua– dos paradas en el parque Independencia donde estuvo Guevara. Se instalaron fotografías para recordar esos momentos. En una se lo ve recién nacido, en brazos de sus padres, y en otra hay un Che joven, junto a amigos, horas antes de iniciar su primer viaje por Latinoamérica en motocicleta. El itinerario busca atraer a los visitantes, pero evitando convertir al revolucionario en un producto comercial.

De Benedictis recibió cuestionamientos por esa tarea, incluso de parte de amigos. En una presentación internacional, en Lima, Perú, un argentino le achacó que desarrolle en Rosario “un circuito de uno de los asesinos más importantes que tiene la historia de Latinoamérica”. Instalar a Guevara no es sencillo. Una encuesta del municipio reveló, en 1997, que el 52 por ciento de los rosarinos desconocían que había nacido allí. “Esta es una ciudad conservadora en muchas cosas. A él se lo negó durante mucho tiempo”, dice De Benedictis. Cree que en el futuro todo será distinto. Aunque lo explica como quien describe un paisaje agrio.

–El tiempo va a ir lamentablemente decantando el poder ideológico que tiene el Che. Lo va a ir convirtiendo en un héroe de una lejana historia revolucionaria y eso hará que sirva mucho más a los fines turísticos.

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El viernes 10 de enero de 1992 La Habana amanece entre silencios. Dos situaciones la sacuden y paralizan. Una cotidiana –la falta de combustible–, que aletarga el paisaje. La otra estremecedora: cuatro integrantes de la Policía Nacional Revolucionaria fueron acribillados el día anterior por un grupo que busca escapar de Cuba y la información cruje en la primera plana de los diarios.

Eladio González es un turista argentino que esa misma noche regresará a su país. La noticia de los agentes lo moviliza. Uno de ellos, Rolando Pérez Quintosa, sobrevive. González siente un impulso feroz: se dirige al hospital para donar sangre y entrega una carta al padre para que cuando el muchacho se recupere le escriba. Treinta y siete días después Pérez Quintosa muere.

El episodio cambiará la vida del argentino para siempre. Su gesto se conoce en Cuba y comienza a recibir cartas en su casa del barrio de Caballito, en Buenos Aires. Un total de 5.085 en cinco años. Luego, con la utilización de los correos electrónicos, ya perdería la cuenta de los mensajes.

Aunque jamás militó en política se enamora de los cubanos, de los postulados de la revolución y del legado del Che. Siente que el bloqueo al que someten a ese país es un delito humanitario. Con su mujer, Irene Perpiñal, inician una cruzada para reunir alimentos, calzado, ropa, cuadernos. Llegan a enviar a la isla tres mil toneladas mensuales de mercadería.

Es el germen de lo que vendría luego: la decisión de abrir el primer museo de Guevara en Latinoamérica. El 19 de octubre de 1996 lo inauguran en Caballito. Tozudo, González acumula piezas y va ganándose la amistad de personajes centrales en la vida del Che como Alberto Granados y Carlos Ferrer, quienes acompañaron al revolucionario desde su infancia, o del general Harry Villegas, sobreviviente de la campaña guerrillera donde lo mataron, en Bolivia.  

–Siempre con Guevara hay problemas en Argentina. Hay mucho dinero invertido para que desaparezca. Yo sentí que tenía una deuda con el Che. No mía, personal, pero sí de los cubanos y de los argentinos– dice González sobre el impulso que lo llevó al homenaje.  

Museo del Che en Caballito
El “museo” del Che en Caballito.

La crisis de 2001 lo obligó a cerrar. Actualmente funciona una versión acotada en un local en el que además vende antigüedades y caramelos, soldaditos de plomo, juguetes sexuales y gaseosas. El hombre es un divulgador de las ideas y los sucesos que fueron tejiendo la vida de Guevara. Tiene un discurso sereno, pero al mismo tiempo ardiente. Durante dos horas y media estará de pie junto a una vitrina valiéndose de algunos objetos para hilvanar un relato metódico, apasionado. Nunca neutro. De fondo lo acompaña la melodía ocre de un tango, música latinoamericana. La banda de sonido refuerza la cadencia de esa historia. Los ladridos de Luna, su perra, son ocasionales, módicos. Una pequeña alteración en el pentagrama de una mañana calurosa.  

Lo que se exhibe allí, en un cambalache de la calle Rojas al que bautizó “Bagatela”, es una pequeña parte de lo que fue el museo durante su esplendor. Casi una caricatura. La mayoría de los mil cuatrocientos objetos que posee –un maletín y un juguete de madera que pertenecieron al Che, fotografías y documentos, pinturas, estatuillas y monedas en su honor– descansan desde 2006 en la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma), símbolo tenebroso de la última dictadura argentina reconvertido en espacio de memoria. González tentó a las Madres de Plaza de Mayo, las mujeres que reclamaban por sus hijos desaparecidos durante el Proceso militar, para que diseñaran en ese lugar un nuevo espacio alrededor de la figura de Guevara. Distintas circunstancias lo impidieron.

Dos años antes, en 2004, ya había ofrecido a la Municipalidad de Rosario donar su colección y que el museo tuviera su lugar definitivo en la ciudad natal del Che. Se iniciaron negociaciones y hasta viajaron desde Cuba para aportar ideas los historiadores de Guevara más reconocidos, Froilán González y Adis Cupul. La iniciativa naufragó.

–Siempre hubo alguna oposición formal, más o menos encubierta. Cada vez que esto empezaba a tomar forma aparecían sugerencias para que no avanzara. Fuerzas externas que se sentaban con el intendente o con alguien del gobierno y formalizaban su oposición –recuerda el por entonces director de Comunicación de Rosario, Daniel Canabal.

–¿Fuerzas externas?

–Gente de la sociedad civil.

Impulsado por un grupo de marxistas y guevaristas, sin apoyo estatal, pero con el aval de Aleida Guevara, hija del Che, Rosario experimentó en 2000 con una muestra itinerante sobre la vida del revolucionario. Se hicieron cincuenta exposiciones en Santa Fe, Buenos Aires y Mendoza buscando “resguardar el pensamiento del Che”. Como parte del proyecto se entregaban copias de su partida de nacimiento dentro de una botella. Líderes políticos como Fidel Castro o Hugo Chávez recibieron ese obsequio.

Uno de los encargados de la iniciativa fue el museólogo y arquitecto Gustavo Fernetti. El éxito de aquella idea le permitió participar de las negociaciones que, en 2004, inició el municipio con la familia Guevara para montar un museo estable. A los funcionarios los entusiasmaba contar con un lugar que atrajera al turismo y los Guevara, con la potestad de vetar o aprobar cualquier sugerencia, preferían un sitio con fuerte impronta ideológica. Primera diferencia. La infraestructura significó otro escollo: los visitantes esperaban encontrarse con un diseño ya elaborado y los anfitriones descontaron que todo llegaría premoldeado de Cuba. Ni una cosa ni la otra. La ambiciosa propuesta se desmoronó finalmente entre divisiones y restas: intereses distantes, presiones del poder, desencuentros con el montaje del espacio. El museo, otra vez, se convertía en una oda al fracaso.  

Quince años después Fernetti no se rinde: sueña con impulsar un lugar donde se recuerde la figura del Che, pero aclara que no le entusiasma trabajar en un proyecto “de amigo-enemigo”, una postura que, cree, “el guevarismo debe superar”.

–¿Es posible abrir un museo de Guevara en Rosario?

–¿Qué museo? Ahora sería un museo grieta. Por un lado van a estar los que lo toman como un ícono ideológico, incluso a veces hasta idealizado: los que usan sus remeras. Y por otro lado los que lo van a repudiar y van a decir que era un asesino. No queremos actividades que separen más a la gente. Ideológicamente el museo debe unir y no dividir.

Unir y dividir. Dos palabras. El imperecedero laberinto por el que parece condenado a trajinar Guevara. En su ciudad natal o donde se dispute una idea. Siempre.

Mauro Aguilar

Por Mauro Aguilar

Soy periodista, toco el piano en una banda de rock y hago stand up, pero sólo me destaco con una costumbre en peligro de extinción: el asado.

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