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La villa y la misa

Cuando terminamos la primaria el grupo de amigos del barrio, que siempre estábamos juntos, nos acercamos a la iglesia San Miguel de Echesortu con la excusa de tomar la confirmación. Era de esas ideas que surgían a la hora de la siesta, y lo más probable es que fuera una excusa más para hacer tiempo, mientras nos llegaba la hora para acceder a la matiné que organizaba el club que estaba del otro lado de la plaza, y que funcionaba los domingos como discoteca vespertina.

Nos recibió el padre Juan, un sacerdote afable, sin demasiadas vueltas protocolarias, más cerca de Ricardo Soulé que de Juan Sebastián Bach, y esa fue, precisamente, una de sus primeras propuestas: ¿alguno de ustedes toca un instrumento musical?  Según nos íbamos involucrando –y entusiasmando– en las reuniones en las que se hablaba de casi todo, empezamos a enterarnos de que pertenecíamos al Tercer Mundo, quien era Hélder Cámara, de qué trataba la teología de la liberación y flotaba en el aire una promesa de visitar una villa que estaba más allá de avenida Pellegrini.

Lamentablemente, antes del golpe un día fuimos a la iglesia y el cura que nos recibió era otro. No recuerdo la razón que dio por el cambio, pero sí que después de algunas reuniones abandonamos el cursillo.

He recordado esto por un cruce de varias circunstancias. Una es la lectura del libro de los relatos Villa Celina de Juan Diego Incardona. Ambiguo, Incardona, enhebra las vivencias personales de su barrio natal en La Matanza en una suerte de documental en el que se cruza la villa con el barrio pobre, ambos instalados en el lado salvaje de la vida. En uno de los relatos hay una misa en la que el sacerdote acaba dando fuerzas a los feligreses más jóvenes que trufan sus plegarias con gritos de guerra contra otro barrio. Mientras leía el libro, de regreso de un viaje familiar a París traje algunas películas que fueron de mi hermano y una de ellas, Elefante Blanco de Pablo Trapero, en la que Ricardo Darín interpreta a un sacerdote quien, junto a otro francés, ambos tercermundistas, intentan contribuir con su tarea a mejorar, en la medida de su posibilidades, las relaciones de los habitantes de una villa, que es, en realidad la Villa 15, también llamada Ciudad Oculta, instalada junto al hospital que se empezó a construir en la década del treinta y cuya obra quedó inconclusa, el «elefante blanco». La villa está entre Lugano y Mataderos, vecinos de Villa Celina y territorio en el también transcurren algunas narraciones del libro de Incardona. La película, dedicada e inspirada en el padre Carlos Mujica, actualiza, al igual que el libro, una realidad que con los años forma parte indisoluble de lo cotidiano. La Villa 15 o la 31 de Retiro en Buenos Aires, o el barrio Las Flores de Rosario del que, quienes no lo pisan, pueden encontrar perfiles en el ensayo Los Monos de Germán de los Santos y Hernán Lascano o en la novela Pobres corazones de Melina Torres.

En París o en Madrid hay submundos o áreas marginales como éstas, pero quedan lejos de los ojos de los residentes y menos de los turistas. En París, por ejemplo, en la periferia, la Banlieu, se arremolina la población inmigrante organizando, de tanto en tanto, serios disturbios que protagonizan los más jóvenes contra un sistema que no los incorpora ni piensa hacerlo. Allí, en París como en Madrid, la iglesia está, pero en su versión primermundista. En lo que se llama la educación concertada, colegios católicos subvencionados por el Estado pero que cobran un canon que, aunque bajo, no es accesible a esos sectores que solo pueden acudir a la escuela pública. Allí, los hijos de los inmigrantes, en su mayoría del Magreb, tienen difícil inserción porque sus hogares son burbujas del lugar de origen y, al abrir la puerta de casa pisan el extranjero, un sitio desconocido y hostil. El Estado facilita, en el mejor de los casos, algunos medios, pero no un territorio social.

Nunca supimos que fue del padre Juan. En el mejor de los casos, terminó en el interior, en un sitio perdido y no en un país europeo, donde también sería un extranjero.

Publicado en la ed. impresa #19

Por Miguel Roig

Escritor y periodista rosarino que reside en Madrid. Es coeditor de la Revista Socialista y socio fundador de Mongolia, revista satírica mensual española. Escribe una columna en el diario.es y en Perfil. Sus últimos libros son El marketing existencial (Península, 2014) y Conversaciones con Alberto Garzón (Turpial, 2016).

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Es uno de los mejores comunicadores de radio de la ciudad, además de destacado periodista político y director de Rosario/12. Pablo Feldman cree que hoy se hace un periodismo en el que “es más importante tener razón que decir la verdad”, y advierte sobre “el advenimiento de generaciones sin formación académica y profesional”