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La sombra del gato

Los orígenes de Leandro Barbieri, el gran saxofonista del jazz nacido en Rosario: una crianza en un contexto humilde, la pasión por Ñuls, una escuela ejemplar, una madre y un tío que resultaron clave en sus inicios musicales y finalmente la decisión familiar de partir hacia la gran ciudad.

I

Paso mi vida cantando/ Cantando el adolecer/ Y mi vida que fue divina/Jugando en la cancha de Ñúbel/ En esos divinos árboles. Podría ser la voz de un poeta pero no lo es. ¿O sí? Es una voz tenue, casi de un abuelo angelical, que improvisa frente al micrófono abierto del estudio de radio de LT8 de Rosario, una noche de hace unos cuantos años.

Vicente Barbieri –cuyo padre renunció a los hábitos y se tomó un barco en Italia hacia Sudamérica y conoció a su mujer en Entre Ríos- y Adalcinda Rosa Gimelio –a la que ningún familiar llamaba por su nombre sino por el seudónimo de China, por sus achinados ojos cuando nació-, tuvieron tres hijos: Rubén, el mayor, Leandro y Raquel, la menor. Vivían en la pieza del fondo del inquilinato ubicado en Montevideo 1465 de Rosario (si uno pasa hoy frente al lugar, en pleno centro, encontrará un edificio de departamentos).  “Era como un conventillo”, gráfica Raquel en diálogo con Barullo. En la habitación a la calle, vivían la nona, sus dos hermanas solteras, y su hijo Mario, el hermano menor de los ocho Barbieri desperdigados en la Argentina del 1900.  

Para la memoria de los pibes de la década del ´30, la casa natal era el punto de partida hacia la felicidad: el parque Independencia, donde se mezclaban hijos de italianos y españoles en un picado de fútbol a la espera de gritar gol desde la tribuna de tablones un domingo a la tarde; el inmenso patio de la casa cuando la diversión infantil en la calle se interrumpía ante la llegada “del autito”, como le decían, pícaros, al móvil policial detrás un solo objetivo operacional: arrebatarles la pelota de fútbol.  Los pibes, veloces, escapaban y se introducían en el largo pasillo hasta que la China abría la puerta y los introducía en la casa paterna. Cuando los policías  golpeaban la puerta, la mujer simulaba: “Los chicos acá no están”.

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El resto del día, el niño Leandro lo completaba participando en carreras de autitos a piolín. Una punta del cordel delgado se ataba a la muñeca de su mano y la otra se enganchaba a la parte delantera del juguete. El siguiente paso era arrastrar el autito por la vereda,  correr delante de él, tirando de la piola. Su padre Vicente –de oficio carpintero y ebanista, apasionado de la ópera y del sonido del violín, hombre de gesto adusto– le hacía modelos especiales, con ruedas inmensas. Siempre fue el último en llegar a destino pero no le importaba. Se consolaba pensando que era por ser el menor de los amigos que corrían y se divertían.

Raquel recuerda también su travesura personal. Como tardaba en regresar a la casa, su madre salía a la vereda a esperarla. La espera se hacía larga e inquietante. La China respiró aliviada cuando descubrió que su hija y una amiguita salían del escondite: la iglesia  ubicada a pocos metros de la casa que aún se mantiene en pie en calle Montevideo al 1400 como templo evangelista.

En ese tiempo, Leandro solía ser desgraciado en el colegio. Prefería decir que no había estudiado antes que sufrir la pesadilla de pasar al frente: era tartamudo y las lecciones orales se parecían al infierno. –Una mañana empezó a tartamudear… el tartamudeo no se sabe de dónde viene, si es por susto, si es algo psicológico… De grande lo supo manejar mejor al tema, si viste la película “El discurso del Rey” verás que el personaje aprende una técnica cuando debe enfrentar al público –recuerda su hermana… Esta nota está incompleta, leela en su totalidad en la ed. impresa #06.

Horacio Vargas

Por Horacio Vargas

Periodista, escritor y productor discográfico. He cumplido con lo que sugería José Martí: “Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”. Planté un árbol (en mi casa de calle Valentín Gómez), tuve dos hijos (que continúan el camino; y la mujer de todos los días), escribí siete libros… edité 100 discos de jazz (con BlueArt Records), fundé con Pablo Feldman el diario Rosario/12 hace 29 años, y tengo un Grammy Latino en la biblioteca (ja, puedo pasar a la historia rosarina por ese premio).

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