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Historia de una correspondencia

Un ida y vuelta de cartas entre una pareja rosarina y el gran escritor argentino Osvaldo Soriano

Es enero. En la Wikipedia dice que nació un 6 de enero de 1943 y murió un 29 de enero de 1997. He pensado muchas veces en este hecho, de nacer y morir en el mismo mes. Como si tuviera alguna importancia o significación oculta. Como si su vida hubiera dejado dibujado un círculo imperfecto. No lo sé pero desde esa fecha, la de su partida, el 29 me parece un número de mal agüero.  

En Argentina no le había prestado atención a su escritura. Fui al cine a ver No habrá más penas ni olvido y salí algo molesta. Una genialidad que me sonó a tragedia. Que ganaran los radicales a mí no me hacía ninguna gracia. Yo quería saltar a Oscar Alende sin parada intermedia y Osvaldo Soriano me recordaba que Herminio estaba ahí, quemando ataúdes. Me llevó tiempo entender su maestría para reírse amorosamente de nosotros mismos. Necesité estar lejos de mi país para leerlo como quien charla con  un amigo. 

Recuerdo la primera vez en que vi ese libro finito en una librería latina de la calle Valencia en San Francisco. Estaba como su título, Triste, solitario y final, depositado en una estantería de metal beige junto con otros libros en español. Tenía en la tapa al Gordo y el Flaco. Después vino A sus plantas rendido un león y una adicción a todo lo que Soriano escribiera. 

En 1994 volví con mi marido a Argentina después de varios años de ausencia. Iba a buscar mi residencia estadounidense. Un nuevo  modelo de país se reconfiguraba. El neoliberalismo, tratando de explicar todo, declaraba “el fin de la historia”. Desaparecían los ferrocarriles pero se inauguraba el Tren de la Costa. Un presidente bizarro, inimaginable en los años de imaginar la vuelta a la democracia, se burlaba del vicepresidente: “Duhalde no saluda porque no le pasa la cabeza por la ventanilla”… Esta nota está incompleta, leela en su totalidad en la ed. impresa #06.

Adriana Briff

Por Adriana Briff

Nació un 20 de septiembre de 1963 en la periferia de Barrio Echesortu. Egresó de la carrera de Comunicación Social "con orientación al periodismo" en 1987 y trabajó en el diario Democracia hasta su cierre, colaborando también en la Revista El Vecino.
En 1989 emigró a California donde se especializó en una maternidad diferente. Es madre de una adulto de 22 años, con autismo no verbal. Desde hace 15 años se desempeña como Para- Educadora en escuelas primarias en el Distrito de San Carlos, California.
Su pasión es el cine y la escritura. Ha publicado notas en Urbanave, Revista Brando del Diario La Nación, Página 12 de Rosario y Revista La Rea.
Desde hace dos años, colabora con en la publicación digital Hispanicla.com coordinada por el educador y periodista Néstor Fantini.
Adriana coordina el Cine Club La Linterna, en la ciudad de Berkeley, desde donde difunde cine de autor de Argentina en general y de Rosario en particular.
Su lema de vida es "lo que no existe, se inventa".

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