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¿Existe la literatura rosarina?

Debate abierto del que participan cinco escritores de la ciudad: Angélica Gorodischer, Eduardo D’Anna, Patricio Pron, Martín Prieto y Beatriz Vignoli.

El artículo de una enciclopedia imaginaria diría que Rosario no fue fundada por españoles en el siglo XVI. Que su origen se remonta a algún momento de la segunda mitad del XVIII, cuando una población de lo más diversa comenzó a reunirse en torno de una capilla. Que nació como una urbe tan pujante y moderna que se ganó el mote de la “Chicago argentina”. Que desde siempre convive con la problemática cercanía de Santa Fe y Buenos Aires. Y diría también que ha sido capaz —a pesar de o gracias a todo ello— de construir símbolos que la nombren, de lo más triviales, pero que vienen a conformar algo de lo que se sabe de la ciudad en otras latitudes: el parque Independencia, la Trova rosarina, el Monumento a la Bandera, el Che Guevara, Newell’s y Central, Fito Páez, Lionel Messi, Alberto Olmedo.

Se diría, entonces, que a partir del fenómeno de la Trova Rosario tiene música propia. Que su pintura es reconocible gracias a nombres como los de Manuel Musto, Augusto Schiavoni, Antonio Berni, Leónidas Gambartes o Juan Grela. Que el fútbol es una especie de marca de fábrica. Pero, ¿tiene esta ciudad un lenguaje propio? Hilando más fino: ¿existe una literatura específicamente rosarina? De ser así, ¿qué rasgos tiene y quiénes son sus principales referentes, en el pasado y el presente? Las preguntas se formularon a referentes de la literatura con el fin de abrir el debate y sumar voces e ideas en torno a la propia identidad de la ciudad.

Eduardo D’Anna, poeta, narrador, ensayista. Esquina de Zeballos y Pueyrredón, en el bar que está exactamente debajo de su casa. “Hay una literatura argentina que funciona como un gran sistema, pero no existe una literatura específicamente rosarina. Claro que hay identidades provinciales que articulan en general desde las capitales; entonces se puede hablar de una literatura cordobesa, entrerriana, pampeana —no tanto porque sean distintas, sino porque funcionan como subsistemas—, pero no podemos hablar de una literatura rosarina o provincial. Rosario careció de una crítica literaria a sus autores durante mucho tiempo. Cuando surgió la Facultad de Filosofía y Letras a mediados del siglo pasado, ninguno de los egresados se ocupaba de la literatura local porque no sabían desde dónde actuar. Literariamente Rosario fue un no lugar. Esa falta de crítica, de censura y de respaldo, le ha dado a la literatura de Rosario una característica que puede ser considerada local: cada quien elige su propia aventura. En algún punto, esa característica puede darle rasgos más democráticos en comparación con el resto del interior del país, puede que sea una literatura más desenfadada, más ciudadana; y puede que esos rasgos dieran lugar a autores como Roberto Fontanarrosa, Angélica Gorodischer o Jorge Riestra, por citar algunos ejemplos. Cuando el Negro Fontanarrosa crea Inodoro, lo hace para ironizar sobre las letras de folclore y parodiar a la cultura rosarina. Armó una especie de gaucho que no es un gaucho, un arriero, pero de pollos, un personaje totalmente rosarino: un tipo que no tiene cultura. La decisión de Angélica Gorodischer de mezclar ciencia ficción con cotidianidad, reunir en un bar céntrico al narrador y a un tipo que vende medias de nylon en Marte, es un rasgo muy rosarino. La narración colectiva en La historia del caballo de oros de Jorge Riestra es otro rasgo rosarino. En fin, hay rasgos, hay autores. El quiebre de la ideología del progreso indefinido está dando lugar a identidades locales en todo el país, no sólo acá. Pero no existe una literatura específicamente rosarina”.

Beatriz Vignoli, poeta, narradora, crítica de arte. Bar El Viejo Munich, esquina de Buenos Aires e Ituzaingó. “La literatura de Rosario es un rompecabezas que recién ahora estamos armando. Patricio Pron me respondió hace muy poco en una entrevista, cuando le pregunté sobre la existencia de una literatura rosarina, que «algún día nos vamos a mirar frente al espejo y vamos a darnos cuenta de que la literatura rosarina éramos nosotros»”. La respuesta es una especie de minificción, obviamente, y a mí me disparó otra imagen que es más del género de terror: la literatura rosarina como un vampiro que se mira en el espejo y no se reconoce, como un muerto vivo. La alegoría del vampiro que se mira en el espejo y no ve su imagen, me parece perfecta para empezar a hablar de la literatura rosarina: porque no nos ven y no nos vemos. Estamos, pero como si estuviéramos muertos porque somos invisibles, incluso para nosotros mismos, a pesar de que producimos. Y la pregunta que sigue sería de qué nos alimentamos, ¿cuál es la sangre que absorbemos? La sangre de nuestra propia tradición, que también es invisible; y esa tradición es un rompecabezas que recién ahora estamos armando gracias a los proyectos de la Editorial Municipal de Rosario, por ejemplo, rescatando nombres como los de Irma Peirano, Felipe Aldana, Beatriz Vallejos, Facundo Marull. De todos modos, prefiero hablar de una literatura regional, no de una literatura rosarina. Desde mi punto de vista, la literatura rosarina no se diferencia de lo que se escribe en Paraná ni en Santa Fe ni en Gualeguaychú. Lo que sí es específicamente local, es una desvalorización crónica de la cultura. Rosario es una sociedad que parece no encontrarle sentido a la cultura. Otro fenómeno específico de esta ciudad es que cada cual elige a sus propios maestros y los maestros adquieren esa estatura gracias a sus discípulos, pero a posteriori. El trabajo que no hace la academia lo hacemos los mismos escritores —y a veces ni siquiera lo hacemos los escritores, lo que es vergonzoso y tristísimo—. Pero volviendo a la pregunta, me parece que no hay una literatura rosarina, prefiero pensar en términos de una literatura regional, litoraleña si se quiere. Nos falta una perspectiva regional, pensar la zona, como decía Juan José Saer. Para mí es un grave error adoptar una postura localista. Se puede adoptar una postura localista respecto a problemas municipales como el precio del boleto de colectivo, pero la cultura no se puede restringir a una postura localista.

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Patricio Pron, narrador y crítico literario, desde Madrid, a pocas semanas de ganar el premio Alfaguara por su novela Mañana tendremos otros nombres. “No estoy seguro de que exista una literatura rosarina, excepto como expresión de deseo y/o objeto de estudio. Porque, ¿qué determinaría la «rosarinidad» de esa literatura? ¿El haber sido escrita en Rosario? ¿Que sus autores hayan nacido allí? ¿Que su acción transcurra en la ciudad? Se me ocurren numerosos ejemplos que conforman la regla, pero también muchos que la desmienten: la obra de Roberto Fontanarrosa fue escrita en Rosario pero publicada y leída en todo el país; Elvio E. Gandolfo es uno de los escritores más importantes de la historia de la literatura local, pero nació en Mendoza (a la vez que Alberto Laiseca, quien sí nació en Rosario, no tuvo con la ciudad un vínculo estrecho o seminal para su literatura); ninguno de los libros importantes de Angélica Gorodischer transcurre en la ciudad; los libros de Edgardo Zotto y Raúl Gardelli no apelan a ninguna localía, y la poesía de autores de la relevancia de Martín Prieto, Daniel García Helder, Oscar Taborda y Osvaldo Aguirre apunta más bien a la construcción literaria de un espacio litoraleño que sus autores compartirían con los escritores entrerrianos, santafesinos, etcétera, más que a la de la ciudad, que siempre se ha pensado «de espaldas al río». Quizás todo esto haya cambiado drásticamente en los últimos años; pero, a falta de suficiente información al respecto (es decir, de información posterior a mi marcha de la ciudad, en 1999), lo único que puedo decir es que, si la «literatura rosarina» existe en tanto literatura argentina con rasgos diferenciales de un tipo u otro, es porque está compuesta por el debate en torno a su existencia y engloba a todos los libros y autores que han participado de ese debate y/o han sido reclamados como integrantes de esa literatura, desde los comienzos hasta acá.Mis escritores de referencia en la ciudad, por ejemplo, son muchos, desde los Gandolfo (que fueron mis maestros) hasta Analía Capdevila, Martín Prieto y Nora Avaro, Aldo Pellegrini, Edgardo Dobry, C. E. Feiling, Cachilo, Adriana Astutti, Alicia Kozameh, María Negroni, Reynaldo Sietecase, Reynaldo Uribe, la “maestra” María Teresa Gramuglio, Héctor Piccoli, Beatriz Vignoli, Max Cachimba, Pablo Bilsky, Francisco Bitar, Agustín Alzari, Enrique Carné, María Luque, Sergio Delgado, Garamona, Carlos Godoy, Manuel López de Tejada, Federico Ferroggiaro, Carlos Piccioni, Jazmín Varela, Sandra Contreras y más. Todos ellos (para mí) son escritores, y todos son escritores argentinos. Después, si «además» son escritores rosarinos (y en qué consistiría serlo) es algo que no me corresponde decir a mí; de hecho, ni siquiera estoy seguro de que considerarlos así cambiase mi manera de leerlos”.

Angélica Gorodischer, narradora. Comunicación telefónica desde su casa en la zona sur de Rosario. “Me acabo de levantar, y todavía no entiendo la vida. Pero mi respuesta es no. Creo que no existe una literatura que se pueda calificar como exclusivamente rosarina. No somos una región muy apartada de Buenos Aires ni del resto del país. Hay algunos escritores en Rosario, claro, así como los hay en Santa Fe o en Córdoba. Pero, sinceramente, no creo que haya un rasgo distintivo en los escritores de Rosario, y mirá que la ciudad ha generado muchos escritores: Francisco Gandolfo, Alma Maritano, Jorge Riestra, Elvio Gandolfo, y varios más. Pero no creo que la existencia de hombres y mujeres que escriben en Rosario, de Rosario, o sobre Rosario, pueda dar pie para hablar de una literatura específicamente rosarina. Con los escritores de mi generación, por ejemplo, no hemos sacado a relucir una especie de identidad rosarina, me parece. Estamos muy pegaditos a Buenos Aires, no somos tan distintos a ellos. Algunos, incluso, pueden pensar en términos de una literatura litoraleña, pero me parece que cuando hablamos del Litoral pensamos en Corrientes, Entre Ríos, Misiones; Rosario no sería una ciudad tan vinculada al Litoral. Es, más bien, una ciudad que tiene un movimiento cultural chiquito, no tan importante, que no se come a nadie de alrededor, y en el que cualquiera se puede mover sin problemas. De hecho, creo que no hay que esperar a morirse para ser valorado en esta ciudad. En fin, no pienso en términos de literatura rosarina ni regional. Mis preguntas son otras. Una se pregunta, a veces, en esos momentos en los que el tiempo psíquico parece que da para todo, de dónde viene la poesía, de dónde la narrativa, de dónde esa palabra que reclama ser escrita. Cuando se empieza con esas averiguaciones ya es difícil volver atrás”.       

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Martín Prieto, historiador de literatura argentina, crítico literario, poeta. Café de la Opera, teatro El Círculo. “Desde mi punto de vista no existe una literatura específicamente rosarina. Existen escritores rosarinos que escriben y publican en Rosario, que tematizan o referencian sus obras de ficción en la ciudad, pero creo que el agregado adjetivo a una literatura (literatura argentina, santafesina, rosarina) no es un acto de fe. Para mí, las dimensiones en las que se debe medir una obra son la literatura argentina, la literatura latinoamericana y la literatura en lengua española; esas son las proyecciones que debe tener una obra para que nosotros digamos «esta es una obra importante». Y no hay tantos escritores en Rosario que tengan esas proyecciones. Me parece que hay una prematura ansiedad por definir la existencia de esa literatura de Rosario. No veo que se presenten rasgos, marcas de sintaxis, de lenguaje, que permitan decir «estas son las marcas de la literatura rosarina». En cambio, sí las veo en la literatura del Litoral, esa especie de cruce entre la literatura rosarina, entrerriana, santafesina, correntina. Juan José Saer, Francisco Madariaga de Corrientes, Alfredo Veiravé del Chaco, Hugo Gola de Santa Fe, representan toda una serie de autores influidos enormemente por Juan L. Ortiz, y empiezan a armar un mapa complejo en el que todos podemos reconocer un tipo de patrón. En ellos hay un mundo representado que es común, hay una manera de versificar que es común, hay una rareza en la sintaxis muy específica. Me parece que Rosario no tuvo a ese autor hiperinfluyente que absorba como una fuerza a Jorge Riestra, a Angélica Gorodischer, a todos los antecedentes, y se proyecte hacia el futuro. Hay que rendirse a esa evidencia. (El epifenómeno es Roberto Fontanarrosa, pero muy ligado a lo extraliterario porque hablaba de fútbol, porque era ilustrador, porque era periodista y publicaba en Claríntodos los días). Ahora bien, ¿cómo se marca la grandeza de un autor? Para mí, en la pervivencia. No lo puede imponer nadie, ni la academia ni el Estado ni nadie. Lucio V. Mansilla decía algo muy lindo: «Y bien haya quien a los suyos se parece». Tal vez la literatura de Rosario va a existir como tal cuando todos nosotros empecemos, de alguna manera, a parecernos los unos a los otros y armemos un conjunto que pueda ser llamado, desde afuera o desde adentro, literatura rosarina. Todavía no lo percibo.

Gente que escribe

—¿Existe una literatura rosarina?

—Sí, creo que sí. Siempre existió, desde el momento que en Rosario hay gente que escribe. No hay un movimiento literario homogéneo, porque Angélica Gorodischer no tiene nada que ver con Jorge Riestra, son narrativas distintas. La poesía de Rosario también es muy diversa. Somos bastante distintos. Rubén Sevlever es un poeta casi metafísico, Hugo Padeletti también, Aldo Oliva es un poeta extrañísimo, casi no tienen relación con la ciudad, es una poesía hasta abstracta. Después otros tenemos ciertas cercanías, como Eduardo D’Anna, Hugo Diz, Jorge Isaías, Guillermo Ibáñez, Celia Fontán, Concepción Bertone. Y los que vienen después… No nos parecemos. Parece ser que a los ojos de afuera le ven cierto grado, un tono, una actitud distinta frente a la poesía. No somos regionalistas, no escribimos como un salteño, como un sanjuanino, somos urbanos. Me parece que existe una literatura rosarina, y casi te diría que la mayor parte es todavía desconocida, porque hay cualquier cantidad de gente joven que escribe muchísimo. Hay un caldo que la propia ciudad ofrece. Tenemos un río importantísimo, que ha servido a muchos poetas. Y no nos olvidemos de Fontanarrosa, que le ha dado un toque distinto a todos los que nombré antes. Y que fue bastante ninguneado también —responde Rafael Ielpi, el entrevistado del primer número de Barullo—.

Publicado en la ed. impresa #02

Ezequiel Musaschi

Por Ezequiel Musaschi

Como no encuentro nada realmente interesante que contar de mi vida profesional, no me queda otra que la brevedad: soy periodista a secas y lector voraz. Si aceptamos la definición de “barullo” que nos brindan la RAE o la señora María Moliner, lo mío será un pequeño aporte a la confusión general.

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