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El sagrado fervor por el cine

Por Andrés Mainardi

El origen de los cineclubes se remonta a Francia y España en la década del veinte del siglo pasado. El movimiento surge como una respuesta de las vanguardias artísticas para renovar la concepción de la industria cinematográfica: es un intento de crear una tercera posición entre el cine hollywoodense y el cine propagandístico de la Unión Soviética. Esa experiencia sufrió cambios y adaptaciones. El muro de Berlín cayó y la maquinaria fílmica fue tomando rumbos más veloces y difíciles de encasillar. Igualmente, la idea de ver al cine como un propósito más allá del binarismo entre mercado y/o Estado se transformó en una onda expansiva que impactó a lo largo del mundo. De este lado del charco, a más de un siglo de su creación, la insistencia de ver el cine como un arte sigue dando que hablar. Esta nota, como una brújula, busca orientar, con cuatro ejes distintos, en torno de experiencias que resisten y perduran en Rosario.

El Cine Club Rosario tiene funciones todos los martes en el Auditorio de la Asociación Médica Rosario.

Por su trayectoria y lo que este punto cardinal significa, ubicamos al Cine Club de Rosario en el sur, la historia de difusión de cine alternativo con mayor recorrido en la ciudad. En 2020 cumplió siete décadas de vida y se transformó en el más antiguo del país. Hoy en día su comisión está conformada por Carla Ciarrochi, Francisco Cabezudo, Nidia Rullo, Raúl Kozenitzky, Mariana Buchín y Rubén Plataneo.

La primera aclaración de uno de sus integrantes es que este club de cine no es parte de la Asociación Médica de Rosario sino que, desde 1981, la institución brinda su sala para la proyección. Antes de llegar hasta ahí, ya había pasado por más de seis ámbitos distintos.

“El Cine Club Rosario existe desde el 15 de agosto de 1950 con funciones que jamás se interrumpieron hasta la pandemia”, cuenta Kozenitzky, quien agrega que se hizo socio en 1964 y que cuando falleció Alfredo Scaglia, el presidente de la comisión directiva anterior, tomó la decisión de seguir construyendo sobre ese legado. También comenta que el martes es el día histórico de las proyecciones y recuerda que en sus comienzos era el martes cuando las salas de cine cortaban su programación habitual, y entonces el Cine Club abría sus puertas.

Cabezudo opina: “El cine club es una idea anticuada nacida para difundir la cultura cinematográfica”. Dice que ahora, con la distribución digital, esa función sufre de obsolescencia y plantea que en este momento, ante la gran dispersión de la oferta, la función tiene que girar en torno a cómo la gente aún se interesa en reunirse para ver cine a pesar de tener cualquier película al alcance de la mano.

Rullo agrega que hay personas que van al cine club después que terminan las proyecciones, gente que como ya ha visto previamente la película decide hacerse presente sólo en el after para charlar con otros espectadores.

Ciarrochi, por su parte, comenta que la programación es una batalla pacífica. Al contar con un solo día de proyección, cada integrante de la comisión lleva una propuesta, ésta se discute y en la negociación alguna película es la que termina proyectándose. La programación varía en épocas, orígenes, géneros y directores. Al no apuntar a lo comercial, ella remarca que “el Cine Club tiene la libertad creativa de compartir films que jamás funcionarían en el cine de un shopping”.

Las tres cuartas partes del público están compuestas por habitués. Hay entrecruzamiento generacional, aunque la lucha es por incrementar la presencia de jóvenes. Lo vienen buscando con entradas gratis para estudiantes, sorteos y una programación que los atraiga.

Rullo dispara: “La función del cine es sobre todo social”. Cabezudo agrega que históricamente estuvo mezclado íntimamente con lo comercial. Ciarrochi opina que es una mezcla entre arte y entretenimiento. Entre todos insisten en la condición política, y por eso hace unas semanas proyectaron El silencio de otros, un documental español sobre las víctimas de la dictadura franquista, un material con el que buscaron intervenir cinematográficamente en el panorama actual de la Argentina.

En cada función hay un promedio de ciento y pico de espectadores. Cabezudo marca que “el Cine Club está en la lucha para que la gente pueda ver buen cine, pero me resultaría imposible definir qué es el buen cine”. Él saca una estadística: si de las cien personas que van hay cincuenta y una a quienes les gustó, entonces la película fue un éxito. Ciarrochi lo refuta: para ella la cuestión no es el gusto, sino que el cine tiene el propósito de incomodar. Ella ha visto películas que no le han gustado, y sin embargo lo evalúa como algo positivo.

Para finalizar la conversación, Kozenitzky define la función del Cine Club como un espacio que da la oportunidad a un estilo de películas específicas. Rullo sintetiza que lo importante en el cine es construir una opinión personal y que la gente tiene su trayectoria y su gusto, pero que hay veces en que una película sólo te puede conmover por cómo estás predispuesto ese martes a la noche en el Cine Club.

La Alianza Francesa difunde la filmografía gala desde hace años para un público heterogéneo.

En segundo lugar, marcamos en el norte, como el Viejo Continente está ubicado en los planisferios, la historia singular de Manuel Ventureira, abogado, escritor y un apasionado del cine francés. Le comenta a Barullo que “el espacio de cine en la Alianza Francesa existe desde largo tiempo y al ciclo hoy concurren espectadores que recuerdan haber venido hace más de treinta años”.

Ventureira dice que el cine galo lo cautiva desde la adolescencia y atribuye esa fascinación al gusto por el idioma, por eso a fines de 2022, como exalumno y socio de la Alianza, les propuso a los directivos llevar adelante una programación con dinámica de cine club donde trabajan con el catálogo del Institut Français, organismo de promoción cultural del Ministerio de Asuntos Extranjeros del Estado francés.

Su opinión es que el cine francés contemporáneo es cada vez más autorreferencial, y si bien goza de gran prestigio como consecuencia de esta gran tradición de la que hablábamos, lo cierto es que su importancia dentro del concierto mundial del cine es menor que en otras épocas.

El público que se acerca a la sede de San Luis 846 es heterogéneo, un rango de edades que va de 20 a 80 años, y la mayoría suele quedarse para comentar la película, pero no falta el espectador ocasional que sólo tiene ganas de pasar un rato viendo buen cine.

Hacia el final de la charla le preguntamos a Ventureira qué es lo que ve cuándo elige mirar una película en casa. Él se autodefine como “monógamo de plataformas”: únicamente está suscrito a Mubi, que a diferencia de las demás ofrece una suerte de curaduría y una interfaz de usuarios cinéfilos que rankean y reseñan lo que ven. Esa suscripción y la socialización del deseo son sus modos de darle batalla al algoritmo.

El Cine Clú abre sus puertas todos los martes en el teatro de Empleados de Comercio (Corriente 450)

Al este, en tercer lugar y por su cercanía física al Paraná, fijamos en el mapa la historia reciente del Cine Clú, un proyecto construido por un grupo de realizadores audiovisuales que también funciona los martes, el cual tiene su sede en la sala de Empleados de Comercio. Orlando Benedetto, uno de los propulsores de esta aventura, comenta que “el cine tradicional está dirigido más a consumidores que a espectadores”y que a él le gusta “ese cine que le exige al público un mayor compromiso de apreciación”.

Cuenta que el Sindicato es un espacio muy amable y que la gente que lo gestiona tiene una gran sensibilidad cultural, pero que no todas sus actividades se desarrollan ahí. Otros eventos se realizaron en el teatro la Manzana, el Centro Cultural Parque España o en el hotel Riviera, donde se reúnen a hacer La Yapa, un ciclo de encuentros donde se bebe vino y se conversa sobre cine.

Benedetto advierte que la frase es un cliché, pero remarca que “lo distinto entre ver una película en la sala de un cine club o verla en la sala de una cadena es el ruido del pochoclo”. Por fuera del chiste agrega que la diferencia más importante es que la película en el Cine Clú va acompañada de una introducción en la que se brindan datos que ayudan al espectador a sacarle más jugo a la película.

En el caso de este cineclub la programación la definen los espectadores. El entrevistado remarca que para festejar el primer año se hicieron encuestas y los asociados decidieron que durante un mes se pasarían películas de culto. Él también coincide en que desde hace ya un tiempo los debates pospelículas suceden menos pero remarca el valor de los pasillos y el palier del Sindicato, como esos lugares donde el film se extiende y la gente intercambia opiniones.

Mundo de Cine es un proyecto joven y digital de puesta en circulación de películas en la plataforma Twitch

Para finalizar, al oeste, donde cae el sol, ubicamos la historia de Mundos de Cine, algo completamente distinto a todo lo descrito anteriormente. “Este proyecto nace junto a mi hermano Andrés en julio de 2021”, dice Martín Miguez, músico y escritor. El objetivo principal era “compartir con el resto una pasión que se había profundizado durante el momento más crítico de la pandemia”. En esos años vio casi quinientas películas que tiene reseñadas en su cuenta de Letterbox, una plataforma de curación de contenido para cinéfilos.

En 2021, eran ellos dos y Lucía Feroglio, la encargada del diseño para las redes sociales y el streaming. En 2023, cuando reinicia el proyecto, se suman al staff Renzo Candia, Jerónimo Sagarduy, Rosicler Gónzalez Neuman y Aimará Ferro.

El formato se basa en citar a la gente a las diez de la noche mediante un enlace en sus redes sociales. Los miércoles en Twitch se presenta la película. Después se transmite y al finalizar se arma un debate posterior en el chat donde los espectadores comparten sus percepciones. Uno de los objetivos que querían lograr era compartir las sensaciones y el fenómeno social de ir al cine a través de lo digital, y así descubrieron que paradójicamente estos encuentros eran mucho más colectivos que ir al cine y no hablar con nadie.

El tema de la elección de las películas está basado en un criterio personal. Hay un lineamiento estético pero la idea es transmitir filmes “divertidos”, con todo lo peligroso que tiene esa palabra. Películas de terror, bélicas, dramas, comedias. La única regla que tiene Mundos de Cine es incluir una película nacional por mes.

Miguez es crítico, cree que “las plataformas han generado una idea de cine más individualista” y asegura que “Mundos de Cine busca ser un factor de resistencia dentro de ese universo”. También agrega que tienen un estilo de gorra virtual, llamada Cafecito, pero que no hay un objetivo económico en el proyecto: lo que se pretende es construir comunidad.

Todo ha cambiado, acaso demasiado velozmente: Rosario pasó de tener, en épocas doradas, cuarenta y ocho salas cinematográficas en funcionamiento a apenas un puñado que puede contarse con los dedos de las manos. Entre las pochocleras de las cadenas, las históricas y las administradas por el Estado, no quedan más que una decena. Pero fuera de esta oferta, otras modalidades para ver películas se han construido en la ciudad.

Las preguntas que atravesaron esta búsqueda fueron, por un lado, ¿dónde se reúne la gente a ver cine más allá de los espacios tradicionales?, y por el otro, ¿por qué y cómo lo hacen? Este recorrido aleatorio y sin jerarquías por cuatro puntos cardinales buscó responder esos dos interrogantes. Ahora, será el momento de agarrar la brújula.

Por Redacción Barullo

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