El río encerrado

Dicen que Vanzo lo contó una noche: García Lorca, que venía del Guadalquivir, que significa río grande en árabe, y que muy poco estaría enterado de nuestra geografía, miró con asombro el caudaloso Paraná y exclamó: «¿Tenéis un río?» De inmediato, viendo la verja que impedía a la gente aproximarse a él, preguntó: «¿Por qué lo habéis encerrado?». 

Así sintetizó el gran poeta la imagen que los rosarinos habían asumido como natural. Los habitantes de la ribera central, la zona más residencial de Rosario -sede de los poderes, el correo y la catedral, y la más densamente poblada-, casi no podían ver el río. La ley de derechos diferenciales y el fin de la aduana única de Buenos Aires, después del triunfo de Urquiza en la batalla de Caseros, habían transformado la ribera. De un arrabal de pescadores con carretas y veleros de un escaso comercio fue mutando a una de las zonas portuarias más importantes del mundo. Ya desde 1903, con el puerto nuevo, un paredón bajo y una reja se extendía desde calle San Martín hasta más allá de 27 de Febrero, mientras que en la ribera alta, hacia el norte, desde la estación Rosario Central un alto paredón llegaba hasta el túnel Celedonio Escalada.

Paradójicamente la construcción del ferrocarril fue el origen del encierro que vio García Lorca, y su nefasta destrucción en los años noventa fue el comienzo del fin de aquel río encerrado. Los estudios y contratos privados de los ferrocarriles se habían iniciado en 1854. Incluían una parte portuaria que fue de 1.600 metros de vías que descendían por la barranca desde calle Dorrego. En la estación Embarcadero (hoy Bajada España) las vías subían a muelles de madera sobre el río; el paisaje lo constituían también barcos, vías y galpones sobre la barranca o depósitos dentro de ella, como los almacenes Pinasco (hoy Centro Cultural Parque de España).

Con el puerto nuevo estas instalaciones progresivamente dejaron de utilizarse y se transformaron en lugares de pesca y descanso de trabajadores de las empresas de servicios -generalmente inglesas- que podían acceder a ese espacio. Ese fue el origen de los clubes actuales que permanecieron en terrenos ferroviarios, manteniendo una “exclusividad” para una bohemia ribereña que los disfrutaba con cierto hermetismo.

Por calle España el largo muro tenía un portón con una pequeña puerta. A unos cientos de metros estaba el club Bajada España, colgado literalmente en la barranca. Sin paredones, en un paisaje aún agreste y surcado de vías inútiles, en 1999 comenzó la historia del restaurante Bajada España, hoy instalado en la gastronomía local. Los pescados de río con la boga como estrella y una simple cocina casera atraen a vecinos y visitantes. Pero eso no es todo. Los dueños de Bajada España crecieron ligados al río por los extremos -uno por el sur desde el Saladillo, el otro por el norte desde el Centro Castilla y la bajada Escauriza-, son protagonistas de historias rosarinas y quizás porque la verdadera patria de un hombre es su niñez, como dice el capitán Alatriste, a ellos les gusta contar las historias de su patria. Quienes se acerquen escucharán  un relato artesanal: postales enviadas a lejanos paisanos, fotos y materiales de aquella monumental obra ferroportuaria, un pequeño museo junto a mensajes de cientos de visitantes de todo el mundo.

El lugar es la contracara de una ciudad muda que se puede recorrer admirando sus hitos sin conocer su significado ni su historia. Rosario poco cuenta de su pasado como centro de la Confederación, de su fenomenal crecimiento inmigratorio y su desarrollo. Autónoma de hecho, sin ser capital de provincia o de país, merece reescribir su historia, porque como dice el vecino Litto Nebbia, “si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”.

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