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Barullo en papel Columnas

El espía

A finales de enero falleció mi madre. Cuando me avisaron ella ya estaba en plena agonía y en Madrid había dejado de nevar pero la nieve hecha hielo hacía intransitables las calles. Mi madre iba dejando, inmóvil, la vida en el verano argentino y yo me desplazaba torpe, lento y solitario, por estrechos senderos abiertos en las veredas a golpe de pala, para hacerme un test y renovar el pasaporte argentino ya que el español, Covid mediante, carecía de valor en Ezeiza.

Volé, finalmente a Buenos Aires y llegué a Rosario un par de días antes del deceso. Me acordé, en varios momentos, de Meursault, el personaje de El extranjero que recibe el telegrama donde le informan de la muerte de su madre pero recurrí a lecturas más leves. Releí un par de veces la última página de un ejemplar de The Economist que metí en la mochila antes de tomar el taxi hacia Barajas. En la última página está la sección del obituario, una de las primeras cosas que leo cuando suelo comprar la revista, quizás porque sea el único espacio que no contiene datos ni pronósticos: se puede, claro, contar una vida con fechas, pero la única perspectiva que ofrece, en una situación que ya no es ni será vida es la del pasado y por eso se convierte en narración. El autor anónimo de la sección –ningún artículo tiene firma en The Economist– sigue con su mirada los pasos de John le Carré, fallecido en diciembre, y va detrás de él en una mañana cualquiera desde que sale de su casa en Hampstead y camina por ese barrio de Londres, deteniéndose en alguna referencia perteneciente al ciclo Smiley (un árbol que contiene una señal, la marca de una tiza azul en una pared) o un banco donde presumiblemente se sentaba Keats (en todo caso un sustituto similar ya que por muy resistente que fuera la teca original del XVIII no es probable que siga allí). En ese paseo el autor habla de la vida de Le Carré, un narrador en tercera persona, anónimo como un espía, tan pegado al escritor que se convierte en su voz.

El obituario de mi madre, en cambio, se redujo a las breves líneas de un aviso fúnebre en La Capital pero tuvo otro, escrito en mi memoria, según recorría el barrio en el que crecí y ella pasó la mayor parte de su vida. Me senté en el cordón de la vereda de mi casa natal, donde ahora vive gente que no conozco. Es más, como en el poema de Borges, también  falta la vereda de enfrente, ya que las reformas y las nuevas construcciones han cambiado su fisonomía anterior, y aunque mi mirada tampoco es la misma insiste en fijarse sobre aquello que no está, que se ha disuelto.

Cuando murió mi padre, hace ya más de diez años, mi madre comenzó a realizar reformas en esa casa, en la que ahora viven otros ya que llegó un momento en que ella no podía seguir allí sola. Pero antes de eso, ya sin mi padre, sin mí, sin mi hermano, mi madre modificó todo aquello que tal vez nunca le gustó. Durante una vida o buena parte de esa vida que era la suya y que yo no percibí. A diferencia del redactor que, como un espía, como George Smiley sigue a Le Carré, pegado a él, sus pasos, yo no he estado estos años con ella y soy incapaz de imaginarlos.

Cuenta Le Carré en sus memorias la profunda amistad que le unía con Joseph Brodsky y la sensación de estar siempre en falta con él: no acababa de entender su poesía. Esta confesión fría, despojada de toda vanidad, es propia de un espía, un profesional que administra la información; como The Economist, maneja datos: sabe qué conoce y cuáles son los casilleros vacíos.

Cuando Le Carré se sentaba a comer con Brodsky veía delante de él a una persona de la cual le faltaban piezas. A Brodsky, no; ve más allá. Dice en su poema El Támesis en Chelsea: “No hay nada en qué creer. Eso sí:/ mientras esté la orilla izquierda –buena nueva–,/ el Támesis tendrá                orilla derecha”.

No soy poeta. Tampoco escritor de novelas de espías, pero en esto me siento cerca de Le Carré: miro a mi madre, miro el pasado y no soy capaz de ver la otra orilla, la vereda que debería estar enfrente.

Por Miguel Roig

Escritor y periodista rosarino que reside en Madrid. Es coeditor de la Revista Socialista y socio fundador de Mongolia, revista satírica mensual española. Escribe una columna en el diario.es y en Perfil. Sus últimos libros son El marketing existencial (Península, 2014) y Conversaciones con Alberto Garzón (Turpial, 2016).

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