A simple vista, o con un pantallazo de Wikipedia, St. Vincent parece demasido perfecta. St. Vincent (el nombre artístico de la norteamericana Annie Clark) podría ser tranquilamente un hermoso producto de realidad virtual pergeñado por empresas de software que captan el gusto del rockero arty promedio: una mujer de 30 y pico que canta genial (fue comparada con Kate Bush); que es una virtuosa de la guitarra eléctrica; que te nombra influencias como Bowie, Robert Fripp y Patti Smith; que versionó Lithium de Nirvana en el Rock and Roll Hall Of Fame; que fue halagada por David Byrne (y después grabó un disco con David Byrne); que sacó su nombre de una canción de Nick Cave… Ustedes dirán: bueno, pará, es suficiente.  Y sí. A veces esa data empalaga y uno quisiera tomarse el buque y dejarla a Annie sola en la cunita de oro de los críticos complacientes. Y que todos sean felices y se aplaudan entre ellos. A veces aflora ese sentimiento.

Pero resulta que Annie Clark es real. Muy real. Nació en Tulsa, Oklahoma, en 1982, y ya lleva editados cinco discos. Su cuarto álbum, St. Vincent, fue nombrado disco del año por The Guardian y la NME, entre otros medios, y eso, entre un montón de aplausos, la terminó de consagrar.

¿Qué tiene Clark? Lo que tienen (o quieren) casi todos los de su especie pero mejor: bases electrónicas -industrial y ambient-, guitarras rockeras, teclados ondulantes, melodías puras, melodías deformes y giros rítmicos extraños.

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Carolina Taffoni

Periodista. Escribo sobre rock y sobre cine desde hace 25 años. Trabajo en el diario La Capital, escribí en mi propio blog (Contra las cuerdas) y en la revista Rolling Stone. Fan de Bowie, los Stones y Bruce Springsteen. No cocino y rara vez lavo los platos. Cuando cumplí 15 pedí que me regalaran una videocasetera.
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