Gentileza Macro

Salí del Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (Macro), portando conmigo el catálogo del 72° Salón Nacional de Rosario, que laboriosamente acababa de recorrer.Laboriosamente fui izado por el ascensor hasta el último piso, y laboriosamente descendí luego por las escaleras metálicas de ese singular edificio que, reflexioné, espacialmente es tan aparatoso y poco útil como la pirámide de Keops: los “no iniciados”, los vulgares hombres de a pie que deambulan por la zona, creen que los enormes silos están repletos de obras de arte, pero no es así. El único espacio de exposición disponible (y muy fragmentado) lo suministran los pisos superpuestos que se yerguen junto a los gigantescos cilindros, aunque para el refinado connaisseur –y sobre todo si es porteño- esta colosal escenografía levantada en provincias, como si se tratara de la Gran Pirámide en medio de una puesta de Aída, resulte irresistiblemente ingeniosa y encantadora.

Pero volvamos al Salón y a su humildísimo y a la vez ostentoso catálogo: ocho hojas “A4” dobladas por la mitad, con algo más de gramaje que el utilizado habitualmente, y en las que solo se despliegan sesudas fundamentaciones teóricas y pormenorizados relatos explicativos, sin que los acompañe ninguna imagen (mi abuela difunta hubiese dicho: “más claro, echale agua”).

Por uno de esos misteriosos caprichos de la mente, me viene a la memoria la pipa de Magritte -en realidad la obra se llama “La traición de las imágenes”-, donde el surrealista belga pinta cuidadosamente una gran pipa, y con una letra gorda de colegial poco avispado escribe al pie: “Ceci n’est pas une pipe” (Esto no es una pipa).

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Rubén Echagüe

Nací en Rosario, como podría haberlo hecho en Corinto o en Alejandría. Para los artistas plásticos soy poeta y para los poetas artista plástico, condición anfibia que me desespera. Dirigí el Museo Castagnino y más tarde, en la Biblioteca Argentina, fui un ratón de biblioteca feliz. Amo a Wislawa Szymborsca por lo sana y al Conde de Lautréamont por lo enfermo. Y en cuanto a los mitos del mundo contemporáneo, me son ajenos e inabordables: no tengo celular, y la vez que opiné sobre la estética de un tatuaje resultó ser una várice.
Rubén Echagüe

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