“Canción sobre canción” es un disco en el que los mejores temas de Fito pueden ser vueltos a escuchar, no como si fuese la primera vez, pero sí como quien desea escuchar realmente qué es lo que canta Liliana Herrero.

Fito Páez y Liliana Herrero / Foto: Nora Lezano

Fito Páez siempre será el que puso las canciones en nuestro walkman. Lo acompaña en la foto una entusiasta y feliz Liliana Herrero, a quien conocimos desde el walkman del rosarino, ya que —al menos en mi caso— entró en nuestro mundo gracias a aquel Cachilo dormido tan despertado a puro sintetizadorazo de la desfachatada producción de Fito para ese debut revulsivo de la Herrero, decidida a poner el folklore patas arriba de la mano de su ahijado.

Cuando Páez se sienta al piano entre amigos, lo sé porque estuve ahí y puedo contarlo, se genera un particular entusiasmo. De hecho, una noche en La Habana terminamos codo a codo en el living de la casa de Pablo Milanés, presentándole Charly García al anfitrión, cantando cosas como Desarma y sangra. Bah, Fito cantaba, yo intentaba coros, todo muy en familia. Cubana, claro. No sé cómo pero también recuerdo que Pablo derrochaba generosidad con su Johnnie Walker, aunque yo me abrazaba al Habana Club etiqueta azul. Y entonces sí que ya no recuerdo más.

Esta indulgencia en la memoria viene al caso como ejemplo cabal de que donde está Páez y hay familia siempre hay diversión, los brazos, la sonrisa y los ojos cerrados de Liliana como prueba, como quien grita un gol de su equipo. ¡Qué digo gol: un campeonato! Pero que sirva la hermosa foto de Nora Lezano para testimoniar los lazos entre los dos retratados y no como prueba de lo que se puede escuchar en cualquiera de las versiones que la Herrero hace de Páez en esa proeza en forma de disco que es Canción sobre canción, donde repasa un repertorio que de tan conocido casi que funciona como reflejo pavloviano.

Así como el siempre tan apurado y algo perezoso cerebro nuestro no necesita al ojo para completar ciertas imágenes, y podemos pasarnos gran parte de la vida viendo cosas que ya no están ahí, lo mismo sucede con ciertas canciones de Páez, que están en nuestro walkman desde hace tanto que ya no se las escucha, simplemente se las celebra (o condena). Por eso resulta fascinante el trabajo que hace Liliana Herrero con un puñado de canciones que conoció desde el primer momento, ya que ella estuvo prácticamente al lado de ese fueguito en el que fueron forjadas. Completando un arco de tres décadas, que va desde aquel primer disco de sus temas producidos por Fito a este álbum en el que ella deconstruye aquel cassette tan gastado hasta lograr el milagro de que suene como si fuese nuevo, Canción sobre canción es un repaso a cara de perro.

La celebración es interna, o posterior, pero mientras los temas suenan no hay lugar para la fiesta, ni brazos arriba ni goles gritados, porque el partido todavía se está jugando y la Herrero y sus músicos desactivan cualquier posible tarareo, la miel del fraseo previsible, el azúcar del canto colectivo. Si bien es cierto que los ríos una vez cruzados no se vuelven a cruzar, Canción sobre canción es un disco en el que las mejores canciones de Páez, las que lo hicieron ser justamente Páez, pueden ser vueltas a escuchar, no como si fuese la primera vez, pero sí como quien desea escuchar realmente qué es lo que canta. Y lo que cantamos son canciones desnudas y que nos desnudan, retratos de un pasado que está siempre con nosotros, abismos en los que mirarse y descubrir cosas nuestras, la posibilidad de darnos cuenta por qué y cómo era que esto era. Volver a confiar en la percepción, saber que no todo se nos da masticado, que estas son canciones que mordimos nosotros entre el ruido, las elegimos entonces y nos las quedamos y apropiamos.

La magia de la relectura profunda de Liliana Herrero sobre la obra de Fito Páez —al que se atreve incluso a corregir, y pese a que nos golpea la ausencia de alguna que otra palabra (decadrón, por ejemplo) al mismo tiempo no la extrañamos— llega a su momento cumbre al visitar el tema tal vez más injustamente menospreciado de su obra, ese Mariposa tecknicolor que nuestro oído acostumbra a asociar con Elvis Costello y la calesita del Circo beat que supo ser la música de la vuelta olímpica del campeonato ganado por Páez, un disco —y una vida— antes, y reinventarlo al punto de que cuando entra Fernando Cabrera encarnando una segunda voz que no estaba ahí, pero que nos damos cuenta instantáneamente de que está donde corresponde, el abismo de lo escuchado renueva todo, como un Rashomon auditivo que completa la historia décadas después. De pie señores, que Liliana Herrero canta Páez y nos canta a todos.

Artículo publicado en Revista Barullo #02.

Martín Pérez

La mejor forma de describir lo que hago es presentarme como periodista especializado en cultura popular y masiva. Fui uno de los fundadores de la radio comunitaria La Tribu y de la revista La Mano, y escribo en Página/12 desde que se creó el suplemento juvenil No. Actualmente soy editor en Radar, pero mi indulgencia preferida es mantener activo el programa de radio y site online musicacretina.blogspot.com
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